Nemesio Montiel Fernández / Antropólogo
Las originarias expresiones de la cerámica wayuu se revitalizan por parte de las ceramistas. Según ellas son diversas formas de vasijas. Recordemos que ancianos y matronas, alimentados por la mitología, cuentan que hace muchas generaciones vivió una mujer llamada Aku’majaa, quien por mandato de los dioses se propuso hacer un intenso viaje por toda la Guajira para conocer y aprender. Recorrió sitios sagrados y lugares desconocidos. Aprendió de todo, especialmente las formas de las cosas y objetos. Según el investigador Jesús Mujica Rojas, esa dama, al comparar la redondez de la luna o el sol con una tapara descubrió y diferenció muchos elementos que le sirvieron más adelante. Cuando regresó a su ranchería tenía prestigio y sabiduría. En los oficios del tejido y la cerámica aplicó las técnicas que otras mujeres le habían enseñado. Modeló la arcilla y fabricó las chiriguas para almacenar y enfriar el agua, la wushu para cocinar los alimentos, la amüchi y julá para guardar agua y granos. Y, la pachiisha, la urna funeraria del segundo entierro. Trabajó la arcilla con el agua y modeló diversas formas, de sus manos fueron saliendo bellas piezas. Luego, recogió la leña de cují y bosta de vaca y con estos materiales y el viento avivó las brasas y la arcilla se tornó dura e impermeable, se transformó en cerámica.
Hoy, en base a los estudios arqueológicos, se conoce mucho del pasado de los wayuu estudiando los tiestos, restos de alfarería y cerámica con técnicas científicas especiales. Por ejemplo, entre 300 y 1.000 años después de Cristo, los wayuu tenían conocimiento de la alfarería. A partir de allí se puede saber sobre el modo de vida de estos pueblos originarios. Cruxent, Sanoja, Mujica y otros tienen buenos aportes en relación a este importante tema. Son muchas las enseñanzas sobre la cerámica que poseen maestras en este arte como Dorila Echeto, quien realiza un gran trabajo de rescate de la cerámica wayuu.