Opinión

OPINIÓN// «Los dos lados de los TLC», por Hildegard Rondón de Sansó

En efecto, tales tratados son acuerdos comerciales que pueden ser bilaterales, regionales o multiestatales y están destinados básicamente a ampliar el mercado de bienes y servicios entre los países participantes, eliminando o rebajando sustancialmente los aranceles que pechan bienes y servicios entre las partes. En sus orígenes todos los objetivos de los TLC eran maximizados, señalándose que: Eliminan las barreras para el comercio entre las zonas de los estados firmantes; promueven las condiciones para una competencia justa; incrementan las oportunidades de inversión; proporcionan una protección adecuada a los derechos de Propiedad Intelectual; establecen procesos efectivos para la estimulación de la producción nacional y la competencia; fomentan la cooperación entre países miembros; etc. Frente a todas esas maravillosas ventajas que se pregonaban, la realidad representada en cifras nos revela que los tratados de libre comercio en muchos casos han sido un flagelo para los países en desarrollo que los han concertado e incluso, también para los grandes productores.

 En un artículo denominado “Los espejismos del libre comercio”, la profesora Lori M. Wallach, Directora de Publique Citizen´s Global Trade Watch, analiza los efectos de uno de los tratados más conocidos, el de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan) también conocido como Nafta por su siglas en inglés, celebrado entre México, Estados Unidos y Canadá, que entró en vigor el 1 de enero de 1994, rodeado de múltiples promesas sobre sus ventajas y beneficios. Así, sus promotores decían que el Tlcan iba a permitir: el desarrollo de los intercambios comerciales; la estimulación del crecimiento; la creación de empleos; la reducción de la inmigración clandestina. 

 El Nafta iba más allá de los tratados de libre comercio existentes para la fecha, ya que no se limitaba a reducir los aranceles aduaneros y aumentar las cuotas de importación, sino que permitía nivelar las normas y establecer medidas de protección para los inversionistas extranjeros; pero sobre todo impugnar ante los tribunales las políticas nacionales contrarias a sus intereses. Los resultados no fueron los anunciados. El déficit comercial de Estados Unidos con México no dejó de aumentar; y dio lugar a una pérdida para el primero mencionado de 700 mil empleos entre 1994 y 2010.

 Iguales daños acarreó a los otros países miembros. Así, México tuvo desastrosas consecuencias, por cuanto una vez autorizado los Estados Unidos para exportar sin limitación, lo inundó con su maíz subvencionado, provocando una baja de precios que desestabilizó la economía rural. Millones de campesinos emigraron para ser contratados en las “maquiladoras” donde se redujeron los salarios; o bien, intentaron pasar la frontera para instalarse en los Estados Unidos. El éxodo rural exacerbó los problemas sociales, lo que llevó a la intensificación de las operaciones de narcotráfico. El precio de las tortillas aumentó en un 279% antes de la primera década de vigencia del tratado y el de los productos de primera necesidad se multiplicó por 7. Es decir que el ejemplo de un tratado de libre comercio entre tres países prósperos como lo eran sus integrantes, produjo efectos negativos sobre su economía y sobre su estructura social. 

Pero es sabido que el hombre es el único animal que tropieza más de una vez con la misma piedra y los países continúan creyendo en las promesas de los tratados de libre comercio continúan brindando sus promesas.

Síguenos

Comentarios

Inicia sesión para unirte a la conversación.

Cargando comentarios…

Más en Opinión