Algunas veces nos volvemos ciegos ante los paisajes que se nos ofrecen que son el tesoro más preciado de nuestro país. La reflexión que antecede alude específicamente a uno de los lugares más hermosos del mundo, —bien podríamos decirlo sin ser por ello presumidos—, el cual en fecha reciente, ha sido habilitado para su mejor circulación, como lo es la vía que va entre Camurí y Los Caracas en el Litoral Central por una franja ajena a los automóviles a la cual vamos a referirnos en el presente artículo. Recordemos que la zona aludida nos ofrece la posibilidad de admirar toda la hermosura del mar Caribe con su infinidad de tonos, con el esplendor de sus crepúsculos y el fulgor de los atardeceres.
Durante mucho tiempo la carretera de Naiguatá hasta Los Caracas ofrecía simplemente el atractivo natural de las poblaciones surgidas espontáneamente junto al mar. Pues bien, de buenas a primeras apareció, como por arte de magia, un dispositivo en la ruta que le incorpora una “ciclovia” es decir, un espacio en la carretera, dedicado exclusivamente al tránsito de las bicicletas y de los peatones.
Esta franja, presenta la particularidad de que va siguiendo todas las sinuosidades de la costa, que permite a cada paso, ir conociendo los diversos tipos de playa: las arenosas; las rocosas, que nos exhiben las extrañas formas pétreas que en ella se encuentran. Paso a paso el paisaje va cambiando para hacerse cada vez más enriquecedor a la vista, cuando nos muestra grandes rocas separadas entre sí que, si bien presentan diferentes formas, en todas ellas hay el elemento común que revela que han debido ser el fruto de una fragmentación telúrica.
La vista más hermosa es la que se disfruta de regreso de Los Caracas. Ante todo porque ya venimos impregnados de la extraordinaria obra que este centro vacacional significa: los edificios destinados a lugares de recreación; los hoteles y los miradores que nos fascinan con su arquitectura venezolanista de esos años 50 en que fueron construidos y que siguen siendo tan actuales, aun con el deterioro producido por el tiempo y la acción de los visitantes no entrenados para mantener la magnificencia de los tesoros paisajísticos.