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OPINIÓN// «La ciclovía», por Hildegar Rondón de Sansó

Algunas veces nos volvemos ciegos ante los paisajes que se nos ofrecen que son el tesoro más preciado de nuestro país. La reflexión que antecede alude específicamente a uno de los lugares más hermosos del mundo, —bien podríamos decirlo sin ser por ello presumidos—, el cual en fecha reciente, ha sido habilitado para su mejor circulación, como lo es la vía que va entre Camurí y Los Caracas en el Litoral Central por una franja ajena a los automóviles a la cual vamos a referirnos en el presente artículo. Recordemos que la zona aludida nos ofrece la posibilidad de admirar toda la hermosura del mar Caribe con su infinidad de tonos, con el esplendor de sus crepúsculos y el fulgor de los atardeceres.

 Durante mucho tiempo la carretera de Naiguatá hasta Los Caracas ofrecía simplemente el atractivo natural de las poblaciones surgidas espontáneamente junto al mar. Pues bien, de buenas a primeras apareció, como por arte de magia, un dispositivo en la ruta que le incorpora una “ciclovia” es decir, un espacio en la carretera, dedicado exclusivamente al tránsito de las bicicletas y de los peatones. 

Esta franja, presenta la particularidad de que va siguiendo todas las sinuosidades de la costa, que permite a cada paso, ir conociendo los diversos tipos de playa: las arenosas; las rocosas, que nos exhiben las extrañas formas pétreas que en ella se encuentran. Paso a paso el paisaje va cambiando para hacerse cada vez más enriquecedor a la vista, cuando nos muestra grandes rocas separadas entre sí que, si bien presentan diferentes formas, en todas ellas hay el elemento común que revela que han debido ser el fruto de una fragmentación telúrica.

 La vista más hermosa es la que se disfruta de regreso de Los Caracas. Ante todo porque ya venimos impregnados de la extraordinaria obra que este centro vacacional significa: los edificios destinados a lugares de recreación; los hoteles y los miradores que nos fascinan con su arquitectura venezolanista de esos años 50 en que fueron construidos y que siguen siendo tan actuales, aun con el deterioro producido por el tiempo y la acción de los visitantes no entrenados para mantener la magnificencia de los tesoros paisajísticos.

A lo largo de la ruta resulta evidente que no ha operado la  labor humana en el decorado de la zona: ni palmeras, ni uvas de playa, ni trinitarias. Pero no se ha perdido nada, el paisaje esplendoroso nos conquista en ese recorrido de diez kilómetros que significa la distancia ideal para la carrera matutina o para la competencia deportiva. Uno se pregunta ¿por qué no están llenos sus parajes por quienes aman este tipo de espacio geográfico? Debería ante todo, existir una vigilancia severa que tranquilice a los corredores matutinos que, en los momentos actuales están siempre sometidos al atraco sorpresivo. Allí debería ofrecerse vigilancia y, en cualquiera de las múltiples playas de arena, brindarse la facilidad de toldos que atenúen las tórridas horas del mediodía caribeño.

Cuando me preguntan ¿a qué lugar debo ir para ver cosas hermosas?, les recuerdo la suerte que tenemos los que vivimos en Caracas, de tener a menos de una hora de ruta, toda la belleza costera y con esta ciclovía, encontrarnos con los paisajes a los cuales hemos hecho referencia. En Venezuela, sin embargo, hay un cierto silencio destinado a cubrir obras como estas que no están creadas para adquirir puntos electorales ni mayor fuerza política o popularidad mediática, sino para hacer accesible lo bello, lo extraño, lo prodigioso de nuestra geografía. 

Es equivocado tener como meta de todas las obras públicas la finalidad turística, pero cuando se trata de un valor de la naturaleza de la magnitud de lo que significa esta zona, sabemos que la credencial más alta que se puede tener de un viaje al Litoral es la de haberla visitado. La imponente obra que se está realizando en Vargas tiene su clímax en lo que esta zona significa y aun más, podría tener un auge aun más trascendental, si se destinaran recursos para restaurar los edificios de Los Caracas, para ampliar la obra social turística que la misma significó y se le mantuviera como la gran puerta de entrada a las pequeños pueblos que siguen en la vía, en las cuales el rio y el mar se funden en una oferta permanente de disfrute espiritual.

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