Los venezolanos hemos padecido la guerra civil colombiana, ¿y ahora tendremos que padecer la paz? La desmovilización de los bloques paramilitares por una gracia del gobierno de Álvaro Uribe fue un paso en la pacificación del país vecino y el inicio de la movilización de estos grupos a Venezuela, Ecuador y Panamá.
Pero, ¿qué es realmente lo que se ha movilizado? Lo que suelen informar los medios son sus crímenes más espeluznantes, pero el “combustible” que promovió esa movilidad permanece en otro plano, como un dios pagano al que nadie reconoce, pero al que muchos le rinden culto de rodillas.
No hay que ser criminólogo ni sociólogo, ni tener la experticia de Fermín Mármol León para saber que toda estructura criminal esta soportada por una estructura mercantil sin la que la primera no es posible o, como recomendaba Francisco Delgado: “Cuando vos no entendáis algo buscálo por el lado de los cobres”.
Los paramilitares colombianos no entraron a Venezuela con una motosierra en la mano sino muy juiciosos ellos, con sus bolsos terciaos hasta los teque teque de dólares. La motosierra la sacaron después y hasta le enseñaron a sus socios venezolanos a usarla.
Bien que se haya cerrado la frontera. Bien por el estado de excepción. Bien que la meta sea ambiciosa —crear una nueva frontera de paz— y no mera reacción momentánea. Hay, además, que exigirle a Colombia que controle su lado, que elimine o controle las casas de cambio que operan en Cúcuta, que no legalice el contrabando con impuestos municipales, que coopere entregando la lista de los paramilitares desmovilizados durante el gobierno de Uribe.
Hay, incluso, que promover en Unasur y Celac —ya que EE UU ha bloqueado ese debate en la OEA— una discusión franca, soportada en datos confiables, sobre la producción de cocaína y el destino final de los ingentes recursos en dólares que esta actividad produce. El mismo Juan Manuel Santos admitió que Colombia es el principal productor de cocaína del mundo.
Venezuela debe defender su territorio, su soberanía, su economía y hacer valer su gobierno y sus leyes, ¡caramba!, pero no podemos pasar agachados ante el hecho cierto de que un funcionario civil o militar al que se le doblen las rodillas por un “puñado de dólares” es más letal que mil bachaqueros juntos.
Y lo peor es que no se trata de “un puñado”. El llamado paramilitarismo es una forma de hacer negocios al margen de la ley, sus métodos son más agresivos que las estrategias de mercado del neoliberalismo, y como todo capital necesita reproducirse y expandirse y en ese sentido Colombia se les ha hecho pequeña.
La oligarquía colombiana que ha vivido en guerra el último siglo no fue a La Habana a dialogar con la guerrilla porque ame la paz, sino porque necesita recuperar el territorio. No puede crecer más económicamente mientras buena parte de su territorio no pueda usarse, porque está destinado al cultivo de drogas sin una política que lo regularice, porque está “sembrado” de minas.
Pero mientras el territorio se les ha hecho pequeño, la riqueza que genera la producción de drogas crece todos los días. Colombia es, quizás, el único país que no tiene un banco central único, sino que tiene dos o tres, ¡quien sabe! porque su economía en la sombra se ha hecho más grande que la formal y los capitales son inquietos.
¿Qué puede pasar en este sentido si se firma la paz con la guerrilla? Lo más terrible de la guerra civil de Colombia es que todos sus actores son ricos. Lo que realmente explica que haya guerra y guerra de guerrillas entrando al siglo XXI —las luchas armadas terminaron en América entre los años 60 más tardar los 80 del siglo pasado— son los inmensos recursos económicos de los que disponen.
El presidente Maduro está resuelto a resolver satisfactoriamente el problema del contrabando y su explosiva mezcla con hampa paramilitarizada y política apátrida. Nunca antes, ni en los tiempos del Caldas, un presidente venezolano le había puesto los puntos sobre las “i” a un Gobierno colombiano como lo ha hecho Nicolás Maduro, con las herramientas de la diplomacia. Este puede ser un golpe de timón en lo que han sido las relaciones históricas entre ambas naciones, pero no tiene una solución en lo inmediato.
Los venezolanos hemos padecido la guerra civil colombiano, no podemos resignarnos a también padecer la paz.