Me opuse a la Constituyente de 1999. Sabía que esa convocatoria no era con el propósito de redactar un nuevo texto constitucional sino que era el instrumento para asegurar el poder absoluto en las manos del nuevo caudillo que, inexplicablemente, acababa de ser elegido Presidente de la República.
No solo me opuse a aquella constituyente sino que voté en contra del texto redactado. Consideré que la nueva Constitución no solo no resolvía problemas tradicionales del constitucionalismo venezolano, sino que los agravaba. Me refiero a temas como el exagerado poder concentrado en las manos del Presidente de la República, al tema del centralismo, al burocratismo y al estatismo, al militarismo y otros asuntos que, en mi opinión, quedaron mal tratados en el nuevo texto constitucional.
También me opuse a la tesis del poder supra constitucional que se invocó para violar la constitución de 1961. El mecanismo de las enmiendas previsto en la Constitución de 1961 era más que suficiente para incorporar modificaciones constitucionales que se consideraran convenientes.
Hoy se vuelve a hablar de una nueva constitución. Ya los venezolanos nos estamos acercando a completar treinta constituciones en 200 años de independencia. En ese mismo lapso Estados Unidos ha tenido una sola constitución y el Imperio Británico, ninguna.
