A raíz de los resultados de la primera vuelta electoral en las presidenciales de Brasil y el 46 % obtenido por el “ultraderechista” Bolsonaro, se disparan las alarmas y surgen diversos análisis y pesimistas predicciones para el progresismo en la región.
Ante la derrota de las encuestas, y frente a lo aparentemente inexplicable, analistas se aprestan a descifrar y armar el rompecabezas Bolsonaro-Brasil. En la procura de explicaciones, se apunta a una variedad de causas posibles: crisis económica, fuerte sentimiento antipetista, la gestión de gobierno, corrupción e impunidad; el descrédito de los partidos y el liderazgo político, el fin de la utopía progresista y, de manera general, la insatisfacción con la democracia.
Algunos análisis coinciden de manera importante en ubicar las causas en el plano cultural y, desde allí, destacan valores, sentimientos, emociones y pasiones que dialogan, afectan y confrontan el poder, la política, las instituciones y el liderazgo. Tales enfoques lidian con la desesperación e indignación; insatisfacción ciudadana, cansancio y desmoralización; miedo, desesperación, y la consecuente pasividad, impotencia, alejamiento y desinterés por la práctica política.
La retórica discursiva ultraderechista de Bolsonaro se inserta en ese cuadro de desafección política y, cual mesías, se erige en el líder que denuncia la devastación y a la vez promete la reconstrucción institucional, social y moral.
