Coherencia o pragmatismo, he ahí el dilema. Estos dos términos mantienen divididos a los venezolanos de cara al próximo proceso electoral del 10 de diciembre, y el cual pareciera que cuenta con todas las garantías de abuso y arbitrariedad de un Gobierno, que a su antojo, quita y pone fecha de elecciones como si de un jarrón chino se tratara. Apenas se anunció la jornada de inscripción de candidatos y se dio el pitazo de partida, salieron a aspirar hasta los que usted menos se imaginaba; por eso defino la política como “el arte de lo posible”, en donde si usted suma dos más dos, no son cuatro si no que son cinco; o si resta tres menos tres no es cero, si no uno. En fin así es ese negocio de la “política”.
Vimos a militantes de Primero Justicia inscribirse con la tarjeta de otros partidos pese a la posición de su directiva de no participar; los adecos también se inscribieron, pero Ramos Allup se lavó las manos al mejor estilo de Poncio Pilatos; colegas periodistas también salieron a inscribir sus nombres para participar en las municipales.
También fuimos testigos por las redes sociales, de la inscripción de la candidatura Yon Goicoechea a la alcaldía de El Hatillo, horas después de haber sido liberado; lo propio hizo Manuel Rosales quien aspira nuevamente a la gobernación del Zulia tras ser habilitado para ejercer cargos políticos, hace menos de una semana.
Ahora bien, frente a este panorama, cuando escucho hablar de los “argumentos coherentes” para no participar en las elecciones me parecen muy válidos, igual me ocurre, pero en menos proporción, con los “argumentos pragmáticos” del porqué sí se debe participar. El problema radica en definir ¿quién fue primero, el huevo o la gallina?
