El antichavismo es profundamente pavoso. Su dirigencia, sus expertos en marketing, sus voceros, sus simpatizantes, han hilado sobre la pava, sistemática y minuciosamente, hasta convertirla en el denso tejido de oscuridad que no les permite ver luz.
En las esquinas opuestas de mi centro electoral, por ejemplo, se ubican nuestro Punto Rojo, todo música sabrosona y gozadera; y el punto azul, o blanco, o amarillo, de otro lado, allá en la extrema derecha, donde siempre hay tres, tres señoras con viseras, como las que usaba la protagonista de Falcon Crest allá en los años 80, y que ya nadie usa, salvo las señoras caceroleras cuando van a la calle a tumbar a la narco-castro-dictadura-madurista…
Nunca son más de tres señoras y un tipo barrigón que espantan a la gente poniendo a todo gañote la pavosísima canción Franco de Vita -valga la redundancia-, que dice: “No lo dejes moriiiiiiiii-ir, no lo dejes moriiiiii-i-i-i-irrr“…
La militancia en lo pavoso prospera en la redes con la nazi-cursilería de las estampitas digitales de la Virgen derramando lágrimas de sangre sobre en una bandera 7 estrellas, las fotos de muchachas maquilladas de banderas chorreadas de lágrimas también, con cadenas y mordazas que no han evitado que publiquen semejante ridiculez.