Al destierro la amargura. Sí, lo sé, que cada día tenemos más fronteras y más frentes abiertos, pero querer es poder, y a pesar de tantas contrariedades, nada es imposible. Ciertamente, tampoco es cuestión de enjuiciamos sin cesar, de creemos con el derecho de pisotearnos sin clemencia alguna, sino más bien de repensar caminos nuevos, verdaderamente auténticos, y para eso hace falta estar en guardia con las lámparas encendidas. Personalmente, no me gusta este mundo gobernado por intereses mundanos, que no tiene otro objetivo que el de enfermarnos aislándonos al margen de nuestros análogos, atormentándonos en combates absurdos, envenenados por el odio y la venganza, por multitud de vicios y envidas, por el desamor y el inútil afán dominador que nos corrompe. No es bueno caer en la autosatisfacción del endiosado, en el espectáculo de algunos políticos, donde todo parece lícito, hasta lo más mezquino.
Que la libertad no sea para soñarla, sino para vivirla. Ya está bien de tantos martirios y de charlatanes con pedestal en plaza, haciendo de la política el mayor negocio. Reconozco que, hoy por hoy, me dejan sin voz tantos tormentos que, verdaderamente, me atormentan, que yo mismo requiero dejarme oír para proseguir camino que me alegre los andares. En palabras de Magda Alberto: “La idea de una sociedad más justa y democrática… viene de la mano con la igualdad para las mujeres”. Por cierto, y considerando que el Día Internacional de las Mujeres Rurales se celebra el 15 de octubre, sabiendo que representan más de un tercio de la población mundial y el 43 por ciento de la mano de obra agrícola, de que labran la tierra y plantan las semillas que alimentan naciones enteras; además de garantizar la seguridad alimentaria de sus comunidades y de ayudar a preparar a esas comunidades frente al cambio climático; de verdad, seamos justos y humanitarios con ellas. Me niego, por tanto, a ser un prisionero más de nuestras irresponsabilidades, sobre todo en un planeta con tanto predicador de libertad.
