Rodearse de cómplices en vez de camaradas es la primera señal. Una cosa es ser un camarada consecuente con la lucha y otra muy distinta es ser un funcionario o un operario incondicional con la o el jefe. La lucha contra la corrupción no pasará de unos cuantos titulares de prensa, unos juicios y unos detenidos –en el caso de Pdvsa van 50 gerentes de diferentes niveles- si se deja intacta la cultura política que la permite y alienta.
En una entrevista en VTV, el constituyente David Paravisini ha pedido al embajador en las Naciones Unidas, Rafael Ramírez, quien era el presidente de la petrolera estatal en los años en que acontecieron los hechos de corrupción que públicamente han sido señalados, que colabore con el Ministerio Público en la investigación de los casos. De acuerdo con Paravisini, “es inevitable pensar que Ramírez tiene alguna responsabilidad desde el punto de vista administrativo”.
Mire que estamos hablando de la principal industria del país, el motor de los motores económicos, la principal y quizás única fuente de divisas de la República, en la que según revelaron Paravisini y el Ministerio Público se habrían causado daños al patrimonio del pueblo venezolano por miles de millones de dólares y aun así ¿hay que pedirle de por favorcito a quien fue el presidente de la industria y ministro del petróleo durante esos años que “colabore”? ¡A ver! Van 50 gerentes de Pdvsa detenidos por el Ministerio Público, la producción de petróleo ha caído de manera alarmante para un país que necesita urgentemente de nuevas divisas y aunque la industria del gas disponía de 18 mil millones de dólares para echar músculos las inversiones se han retrasado de una forma inexplicable y todavía hay que pedirle al señor Ramírez que “colabore”.
No creo que él tenga que colaborar sino que, por el contrario, está en el deber de explicar las denuncias que se han hecho a su gestión y no sólo ante la opinión pública sino ante el Ministerio Público y la misma Asamblea Nacional Constituyente (ANC) que, salvo la declaración de Paravisini, no debe pasar agachada en un asunto tan vital para la República como éste. Esa, precisamente, es la cultura política que debemos cambiar con respecto a la guerra contra la corrupción, esa “tolerancia discreta”, esos “guantes de seda”, ese “¡Qué pena con ese señor!” que se apodera de alguna gente cuando de la corrupción se trata.