Hildegard Rondón de Sansó / Exmagistrada de la Corte Suprema de Justicia / [email protected]
El uso de dos alusiones aparentemente sin conexión alguna, no es la mejor forma de ilustrar hacia dónde se dirige la intención del presente artículo periodístico. La explicación está en que dichas circunstancias contrastantes están presentes en mi entorno en la forma que voy a explicar.
Como todos los lectores de mi generación, me atrapó Kundera con “La insoportable levedad del ser”, cuya fascinación comienza en el propio título. Mis reminiscencias de adolescente estuvieron presentes cuando adquirí una nueva obra de Kundera denominada “La fiesta de la insignificancia”, en la cual se posesiona de la inconsistencia de personajes y situaciones.
La adquisición del libro y la necesaria aridez que el mismo deja en mi espíritu se combinó con la avanzada costumbre reciente del “autorretrato” o “selfie”, realizado con una cámara fotográfica.
El Selfie o Selfy es una práctica que cada vez se hace más frecuente sobre todo entre los adictos a las redes sociales y, específicamente, es de obligatorio cumplimiento entre los viajeros; pero la idea no es sacarse la foto simplemente, sino mandarla a los amigos o terceras personas para que conozcan la actividad que se ha estado realizando. La situación ya ha interesado a los psicólogos sociales e incluso, a los psiquiatras, sobre todo por la gravedad de las oportunidades escogidas para tomar auto fotografía. Así, cuando estoy subido en lo más alto de un árbol en compañía de un enjambre de abejas venenosas; o bien, cuando se acerca a mi persona en forma indetenible un tren de alta velocidad y más dramático aun, cuando la foto se saca sobre sus rieles.
La imaginación macabra de los adolescentes los lleva a hacer la foto en el pequeño saliente del balcón que se encuentra en el piso 38; o bien, al borde del mismo. Con los últimos comentarios hechos nos encontramos con que el “selfie” ya no es simplemente una forma narcisista de vivir la vida, sino que a ello se agrega el riesgo, el peligro, lo que los adolescentes denominan la “adrenalina”. Aun no conozco los enjundiosos estudios que se preparan sobre la materia, pero es fácil presumir el camino que llevan.
Ante todo hay que responder a las preguntas de ¿por qué retratarse uno mismo y no dejar esa labor a un tercero, que seguramente lo haría con más técnica y con más comodidad?¿Para qué me retrato a mi mismo? ¿A dónde va mi imagen? Me retrato a mi mismo porque vivo en una sociedad sobrecargada de sujetos; de personalidades; de elementos importantes y deseo pertenecer a esos mismos grupos, aunque sea entrando por la puerta trasera. No me conformo con ser un número más, quiero tener un rostro, un estilo, una señal que me marque y, asimismo caracterice a lo que me rodea.
A las anteriores preguntas las respuestas están en que se siente la necesidad de ser imitado, es decir, de que no me desvanezca dentro de la masa, sino que me transforme en algo que sea simbólico. Claro está que nos hemos olvidado de por qué hablamos de auto-fotografía, simplemente porque soy un representante de mí tiempo y estoy solo. Quizás estemos en grupo, pero cada uno de nosotros está solo y es esta soledad la que está presente en el hecho de que soy yo mismo el que me ofrezco como imagen peligrosa o por lo menos en una imagen impactante.
A todo esto ¿qué sentido tiene la obra de Milán Kundera? Simplemente el título. El autor quiso que sus personajes fuesen insignificantes y que aun no siéndolos, tuviesen la capacidad de hacerse irreconocibles, aun cuando alguno de ellos sea, por ejemplo, nada más y nada menos que Stalin, quien fuera el hombre más importante de Rusia durante la Segunda Guerra Mundial, pero lo que aparece de Stalin en la “Fiesta de la insignificancia” es su supuesta costumbre de narrar un anécdota totalmente trivial.
Milán Kundera quiere convertir a todos los personajes que va extrayendo, como un prestigitador de un pumpá o de la nada, en sujetos despersonalizados. Dicho lo anterior, comprenderán ustedes el gran contraste entre Milán Kundera y el deporte de moda “la autofoto”, el “Selfie”, porque en el autor checo está el deseo de desvanecer al sujeto, mientras que, en el autorretrato, en el “selfie”, sobre todo en el que te revela en zona de peligro, está el deseo de convertirte en el centro del universo.