Opinión

Las migraciones voluntarias

 Quienes enuncian los males que afectan a Venezuela en los momentos actuales, indican como tales la inseguridad (delincuencia, narcotráfico, carencia de régimen penitenciario eficiente; pérdida de los valores humanos esenciales por parte de una población marginalizada); la escasez e incluso, falta de productos esenciales, tanto para la alimentación como para la salud, comprendiendo en ésta a las medicinas y al instrumental médico para análisis, cirugías y otras prácticas sanitarias; el desmejoramiento de la calidad de la enseñanza en todos los niveles, por falta de maestros y profesores en disciplinas básicas, por niveles mercantilizados en los institutos de enseñanza media y superior y,  por falta de la necesaria protección de la inventiva de las tecnologías; el encarecimiento de la vida; la inflación y la pérdida del valor de la moneda.

Estos y otros son los hechos que se considera afectan de forma decisiva al país, olvidándose, en nuestro criterio, lo que es más importante porque es el de la pérdida del capital humano, constituido por las migraciones individuales al exterior, o bien, la “mudanza” de familias enteras, o, de los profesionales más calificados y, finalmente, de la decisión de partir al extranjero asumida por los miembros de las nuevas generaciones, cuando adquieren conciencia de sus propias necesidades laborales. Es este factor migratorio lo más grave que puede sucederle a un Estado.

 Desde principios del siglo XX fuimos un país que recibía inmigrantes de todas partes del mundo y de todos los niveles: estaban así los españoles desplazados de su tierra por la guerra civil y el franquismo; estaban los lusitanos que venían a la búsqueda de mejores condiciones económicas; los líbano-sirios, huyendo de las contiendas bélicas; había colonias enteras de asiáticos a la búsqueda de nuevas oportunidades de trabajo, empleo y recursos y había que mencionar a nuestros hermanos latinoamericanos, algunos movidos por razones económicas, y otros, por motivos políticos.

Venezuela se abrió siempre generosamente a la inmigración, sin discriminaciones de ninguna naturaleza y ofreciendo uniones afectivas que dieron origen a grupos humanos más fuertes, más emprendedores y, en virtud de las mezclas genéticas,  estéticamente más atractivos. Este proceso parece haberse cerrado para siempre y el porcentaje de venezolanos que emigran a los Estados Unidos, a Europa y a los países cercanos es cada vez más alto.

La situación en consecuencia es gravísima porque no se trata para un país de la pérdida de un territorio determinado, ni de la de los altos capitales, sino de la de nuestro pueblo calificado, que se nos está yendo.

Estas migraciones de venezolanos son todas “voluntarias”. Es decir la gente se va porque quiere irse, pero nos preguntamos si quienes tienen tal deseo, han medido bien las consecuencias de un paso de esa naturaleza: irse a vivir a otro país significa ante todo, pasar a ser un extranjero, es decir, alguien que no posee todos los derechos por cuanto carece de la ciudadanía. A esta posición personal hay que unir el desajuste afectivo que la separación implica: es debilitar los lazos familiares al extremo de que lleguen a perderse totalmente. A todo lo anterior hay que agregar la pérdida del “terruño” como tal: de su paisaje esplendoroso; de las costumbres; del lenguaje; de la variada y exquisita gastronomía. A todo eso renuncia el inmigrante.

 ¿Cómo detener esta salida? La única forma real de detenerla es tomar la decisión de ofrecerle a los jóvenes trabajo, seguridad, y carreras universitarias. Hay que llamar a la gente; hay que motivarlos a regresar; hay que ofrecerles oportunidades.

 El verdadero fomento de la economía está en la capacidad de producción de sus habitantes, en su respuesta a las necesidades del trabajo; en su deseo, como decía mi padre, el poeta J.M. Rondón Sotillo, de “… ponerse la patria sobre el hombro y marchar hacia adelante…” 

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