Sin distingo de posición o afiliación política, comienza a generalizarse en la ciudadanía un estado psicológico de indefensión y desesperanza.
En diversos espacios políticos plurales, donde hemos estado trabajando el dialogo ha surgido espontánea y dolorosamente la desesperanza o indefensión aprendida, en relación con estímulos negativos o aversivos generalmente incontrolables, que se identifican con la violencia impregnada en diversos órdenes de la vida.
La cotidianidad se vive desde el fatalismo, la frustración y el pesimismo; la tristeza, la impotencia y una suerte de pasividad ciudadana producto de la habituación y resignación a la violencia en sus diversas formas. Desde la indefensión, se denuncia una violencia que está en todas partes: en el tejido social, en la afectividad y en el miedo al otro, al diferente, al adversario político. Se destaca la violencia presente en el lenguaje, la información, relatos transmediáticos y en el discurso político. Resalta la violencia que se desprende de la desinstitucionalización, la economía y aquella inherente a la crisis de subsistencia. Se señala la violencia política y en el ejercicio de la autoridad. Se alude a la violencia legítima y la anómica. Sin menospreciar la violencia que caracteriza las relaciones internacionales expresada en el cerco económico y geopolítico; en el aislamiento del mundo exterior y el despojo petrolero. En este contexto ocurre recientemente el asesinato de un grupo de campesinos en Barinas.
Se impone el miedo ante una violencia presente en muchos lugares y situaciones. En este paisaje emocional, el miedo- aun cuando varía en contenido y gradación de un polo político al otro- desempeña indudablemente un papel fundamental. En ambos espacios políticos, destaca el miedo al otro, señalado por expertos como la causa última de la violencia.
