Hoy, 14 de julio, Día Nacional de Francia, quiero ser portadora del espíritu de la Revolución Francesa, con esos principios que le pertenecen al mundo, a la humanidad, con nuestra manera de sentir la libertad y mantener vivo su mensaje.
Cuán importante ha sido su influencia hasta nuestros días, cuya consagración a la libertad del individuo ha plasmado la gesta suprema del valor de las sociedades y la promoción de los máximos postulados: a) los hombres nacen libres, iguales, con su libertad, propiedad, seguridad y resistencia a la opresión; b) la nación es soberana y cualquier autoridad ejercida será emanada de ella; c) la potestad de desplegar nuestra conducta en la dirección deseada, sin traspasar los límites de la esfera privada de los demás; d) la oportunidad de aspirar a cualquier cargo o empleo, con la sola condición de su ingenio y conocimiento; e) la ley establecerá los casos en que un ciudadano puede ser acusado, arrestado o detenido; f) nadie será molestado por sus opiniones, dichas o escritas. Solo responderá cuando abuse de esa libertad de acuerdo a la ley; g) la propiedad es sagrada e inviolable.
Estos principios dan una imagen del momento político vivido y su lucha por el ideal de libertad que campea en Francia en el siglo XVIII, cuyo desenlace en 1789 propaga las ideas mundialmente, destacando el doble sentido que dan las mujeres a la Revolución.
Ocurren cambios en lo político, social y económico, pero no en la inferioridad de la mujer. Luchan por los derechos de sus maridos, padres, hijos, pero no por sus derechos, y en ese 1789 cuando la opinión pública prevalente era la masculina, surgen voces de hombres notables a favor del sufragio femenino, y de la igualdad de educación, obteniendo ella solo la abolición del derecho de primogenitura, que la excluía como heredera del testamento paterno, y la Ley de Divorcio de 1792. Y en materia laboral, el derecho a permanecer en trabajos netamente femeninos.