Los hechos más recientes muestran una intensificación de las acciones de Washington en relación a Venezuela, luego de la aprobación en diciembre pasado por el Congreso de la “Ley de protección de los derechos humanos y de la sociedad civil de Venezuela”.
Entre las nuevas acciones destaca la orden ejecutiva de Barack Obama en la que declara la “emergencia nacional” por considerar que la situación de Venezuela representa “una amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad interna de su país.
Por su parte, el Gobierno venezolano respondió inicialmente con varias decisiones diplomáticas, que incluían la disminución del personal de la embajada estadounidense. Frente a los recientes hechos, Venezuela ha denunciado una intervención, ha solicitado respaldo en la región y tomado medidas preventivas frente a las potenciales acciones hostiles que suelen tener lugar cuando EE UU declara la emergencia, más allá de las sanciones.
Para entender lo que ocurre, habría que determinar la razón por la cual Washington ha tomado estas iniciativas. Hay quienes consideran que Obama buscaría sacar ventaja electoral arrebatando una bandera a los radicales. Otros ven el movimiento de piezas como una compensación para los sectores opuestos al viraje sobre Cuba. Sin embargo, estas explicaciones no lucen convincentes.
Tal vez se aproximan más a la realidad quienes sostienen que EE UU ha diseñado una estrategia para detener el proceso emprendido por los países del sur dirigido a la construcción de un espacio propio, lo que pondría fin a su tradicional subordinación geopolítica.
La meta estratégica que explicaría la agresividad de la política en curso sería, entonces, la de revertir ese proceso y conservar esta zona de influencia en el marco de la vieja modalidad de “patio trasero”. Venezuela sería la pieza de un dominó que se golpearía para que caigan las otras. Las acciones concretas tendrían como propósito un cambio de Gobierno. A los países del sur no les conviene que esos planes tengan éxito, puesto que perjudicarían su propio proyecto. Así que les corresponde diseñar una respuesta que logre modificar la conducta de la dirigencia estadounidense.
Para lograrlo, la primera condición es mostrar mucha firmeza y entereza frente a las acciones de intervención, y evidenciar así la inutilidad de la estrategia. Al mismo tiempo, es necesario construir un mensaje que apele a los principios de equidad y libertad que conforman la mentalidad del norteamericano promedio y de buena parte de su élite dirigente. Siempre ha existido en ese país la tentación de la supremacía como nación, que es utilizada por grandes factores de poder. Pero en muchísimas ocasiones se ha impuesto el ideal democrático, que es mucho más elevado y poderoso. Estamos en el siglo XXI y la realidad latinoamericana es otra.