Vivimos en un mundo de antivalores y por ello se ha entronizado la mentira como un recurso valioso en la politiquería y demás actividades sociales, con el fin de alcanzar objetivos deshonestos y tramposos. Platón, el filósofo griego en su obra La República, solía insistentemente decir que, entre las cualidades que debe poseer el filósofo, la más importante era, sin duda alguna, el amor a la verdad.
En sí, la persona honesta y responsable debe siempre obrar con la verdad y por la verdad, puesto que la verdad en sí es la realidad. Torcer esa realidad mintiendo descaradamente, es una indiscutible señal de deshonestidad, inescrupulosidad y de carencia absoluta de valores. Un mundo como el actual tan polarizado en lo político, conlleva necesariamente a torcer la verdad de la realidad con el propósito de engañar y simular, edulcorando la píldora de la crisis existente.
Por lo general, ocurre cuando se busca defender malamente lo que no tiene defensa alguna y de mantenerse en el poder a como de lugar y por encima de toda regla de convivencia y de respeto a las leyes y a los derechos humanos.
Vivimos en tiempos donde mentir y delinquir son la regla, lo normal, lo que tiene que hacerse para permitir que un partido, un tirano, un gobernante autócrata pueda salirse con la suya. La mentira tiene como objetivo fundamental engañar a la gente, vendiendo una idea, un propósito de corrupción, impunidad, manipulación y vileza, que no se corresponde en modo alguno con la realidad de los hechos. Mentir y engañar están tan en boga que la falsedad y la distorsión de los hechos son patentes en casi todos los ámbitos y se exhiben con toda naturalidad.
