¿Pasará a la historia este período como la época de la inconstitucionalidad? Porque, pareciera que ahora todo está fuera de la Constitución. ¡A despecho de “dentro de la Constitución todo fuera de ella nada”! Interesante etapa. Los poderes públicos pujando entre ellos por el cumplimiento de la Constitución.
Como en los tiempos de auge en Grecia. Platón y Aristóteles decían que todo gobierno debía estar sujeto a una ley y toda ley a un principio superior. Para Platón el principio de base es la justicia y para Aristóteles es la Constitución. Osea, las leyes deberían estar supeditadas a la constitución, para que sean justas. ¿Vivimos tiempo de los dioses de la mitología griega, con su Olimpo, morada de la divinidad? ¡No, no lo vivimos! Ahora y aquí.
Época de política subdesarrollada, donde la institucionalidad se extingue ante el interés subalterno y el culto a la personalidad. El hombre sobre las atribuciones y funciones del órgano público al que pertenece. ¡Grita más alto que su propia investidura! Son “colosales”. La eterna discusión “el hombre como fin o medio”. El hombre por encima de la organización o institución. Caudillismo. A mi memoria, El cesarismo democrático de Vallenilla Lanz, que a decir de Manuel Caballero, a los pueblos “les subleva que destruyan sus dioses porque tienen que tomar sus propias decisiones y responsabilidades”.
En esto, no hay santo por quien rogar y en el Olimpo del poder Dios los cría y ellos se juntan. Cabalgan tras la creencia de seguirles por sus poderes cuasi sobre naturales. Divino. Es él el importante y no a quien representa en ese momento. La política por la política misma. Culto a la persona. Llegan hasta pensar que poco valen sus ideas y pensamientos porque es él en si mismo quien vale. Hacen abstracción de sus funciones específicas porque después de ellos el diluvio. La persona eclipsando funciones, responsabilidades, conducta ética y la misma eficacia.
