Víctor Corcoba Herrero Escritor [email protected]
Coincidiendo con el Primer Centenario de la muerte de un auténtico escritor cosmopolita, Rubén Darío (1867-1916),y el cuarto centenario del fallecimiento de Miguel de Cervantes, se me ocurre tomar como título este axioma del poeta nicaragüense que supedita la ciencia de vivir al arte de amar.
En efecto, cuando el amor da sentido a tu vida todo es más humano, más fraterno, lo que nos hace abrirnos a una dimensión más amplia que la materia, si quieren más poética, o sea de respeto por las personas, venciendo la codicia de poder, de posesión, de dinero, a ser honestos y sinceros en nuestras relaciones con los demás.
Ciertamente esto es un arte, el arte de amar el verdadero amor, lo que significa ser fieles a nosotros mismos, a nuestra naturaleza más nívea; y, de este modo, caminar liberados de miserias hacia la auténtica libertad, pues como decía el ínclito autor de la obra, el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. De ahí, que la verdadera autonomía no sea seguir nuestro egoísmo, nuestras pasiones, sino la de querer tomar aquello que es un bien en cada situación. Quizás tengamos que redescubrirnos cada aurora como las gentes de verbo, cautivadas por la exploración de la palabra; de una dicción cuyo naciente está en los latidos, en la vía láctea de nuestra morada interior, en la ciencia de la hondura por vivir “con esa antorcha del pensamiento” que Rubén Darío injertaba con entusiasmo en sus libros, y que ofrecía como alimento a las gentes, con una indiscutible impronta novelesca sobre su propio quehacer cotidiano.
