La corrupción es un acto en el cual una persona, por medios ilegítimos, logra un beneficio para sí o para terceros. De manera importante, en Venezuela este modo de hacer fuera de la ética y que transgrede la legalidad, ha devenido, sin embargo, en un proceder socialmente aceptado y prácticamente legitimado.
¿Se trata de un problema institucional? ¿Es producto de un vacío, de una deficiencia normativa? ¿Esta fatalmente incrustado en la cultura? ¿Por qué la pasividad de la propia sociedad? ¿Por qué si la corrupción era un secreto a voces, ha gozado de impunidad? ¿Por qué la facilidad, permisividad y ausencia de control sobre los acuerdos corruptos en todas sus fases? ¿Por qué la falta de mantenimiento y seguimiento? Combinación de factores que sin duda facilitaron la conformación y consolidación de las redes de corrupción que permean la estructura sociocultural del país.
La corrupción en tanto fenómeno endémico de la sociedad venezolana, ha sido recientemente reconocida por las autoridades, quienes, en un contexto preelectoral, han emprendido a través del MP una suerte de razzia petrolera anticorrupción.
Las investigaciones, denuncias y sanciones han abierto la caja negra de las transacciones corruptas. Y todo aquello que está emergiendo, a la vez que satisface, asusta por sus dimensiones, por la libertad con la que pudieron actuar y la impunidad de la que han gozado. Brotan contratos y acuerdos corruptos; sobornos, tráfico de influencias, nepotismo, abuso de funciones, fraude y complicidad; malversación, blanqueo de dinero y enriquecimiento ilícito. Destacan los profesionales de la corrupción o corruptores profesionales que han hecho de tal quehacer su principal ocupación; asombra la facilidad, permisividad y falta de control sobre los acuerdos corruptos en todas sus fases.