Solo dos certezas han quedado en pie en este reino de la incertidumbre: una, que en cualquier momento pasaremos a engrosar las estadísticas de víctimas del delito con impunidad incluida y, la otra, es la convicción de que hoy estamos mal y mañana estaremos peor. La inacción del liderazgo político nacional para enfrentar el desmadre que estamos viviendo no deja esperanza alguna para una lucecita al final del túnel.
La inflación llena de agujeros nuestros bolsillos. Hoy cada día nacen miles de nuevos pobres, familias enteras que habiendo superado la línea de pobreza están de regreso al humillante oscuro rincón de la miseria. Otros tantos miles de nuevos pobres provienen de una clase media devenida en media clase, empobrecida y empujada al abismo por la incesante subida de los precios. Venezuela es el único país en Latinoamérica que en los dos últimos años no progresó en la lucha contra la pobreza, todo lo contrario hemos tenido un retroceso significativo en los esfuerzos de inclusión realizados entre 1998 y 2012 que fueron reconocidos recientemente por la FAO. Ya no podemos decir que vivimos en Venezuela, en realidad malvivimos en este país. La desesperanza se tatúa en el alma nacional y las ganas de jugarse a Rosalinda crece al ritmo infernal en que aumentan los pobres en Venezuela.
Un país que cada vez se nos hace más violento, tramposo, desabastecido y costoso. La Venezuela de la selva en la que peligrosamente buscamos salvarnos sin propósitos colectivos. Una sociedad que produce pobres a diario, pero también ricos al instante sin el más mínimo esfuerzo y por los caminos de la ilegalidad.
Ante toda esta situación uno se pregunta: Ajá, y ¿cuándo es que se van a sentar a dialogar?
Los días pasan y el hambre aumenta, mientras tanto la incertidumbre se enseñorea por la parálisis llena de saliva y lugares comunes del Gobierno que solo aspira, a que por ahora, no le quiten los aparatos de respiración artificial. Una oposición deseosa de una salida ya, dicen que constitucional del actual Gobierno, ansiosa porque en un tiempo más breve que el del mandato de la ministra experta en sacarle con bolígrafos los ojos a los gringos, salgamos del Presidente. Yo me pregunto, y ¿si eso no es tan rápido como muchos desean?
Las salidas a la crisis son diversas, como distinto es el costo social y político. La vía menos violenta, mas democrática e institucional es el acuerdo ente los factores de poder para consensuar un programa mínimo de gobernabilidad que dé respuestas a la crisis. (Que incluso considere la renuncia del Presidente en acuerdo con el llamado oficialismo). Fuera del diálogo lo que resta es violencia y, por supuesto, el camino más doloroso.
Pero contrario a la negociación, vemos que el juego de soluciones a la gravísima situación económica se trancó: unos pugnan por quedarse a costa de lo que sea y al parecer como sea y otros porque ¡te vais ya! Por ahí le escuché a Hiram Gaviria que mientras los de arriba están peleando, los de abajo están pelando. Mientras se niega el diálogo brotan a borbotones los pobres en el país.
Las posibilidades de salir de la crisis sin morir en el intento es la negociación política o corremos el riesgo de un desenlace funesto que se lleve, sin arreglar nada, cualquier vestigio del liderazgo hoy conocido. Creo que ellos lo saben, allí no hay niños de pecho. Y entonces, ¿por qué no se han sentado a dialogar? ¿Por qué no se producen los acuerdos para enfrentar la crisis que el país exige? Pareciera ser que la apuesta es que el ganador se lo lleva todo y decidieron arriesgar. Dios nos agarre y los agarre confesaos.