Leopoldo Puchi /Analista político/ [email protected]
Los conflictos territoriales y de delimitación se heredan de la historia y cada generación está en la obligación de preservar los derechos de su nación. Sin embargo, el significado particular de esas pugnas depende del momento y las circunstancias concretas en que cobran impulso y se convierten en litigio de actualidad.
Basta, para ilustrar esta afirmación, con mencionar las disputas que sirvieron como desencadénate o acompañaron los conflictos europeos de la primera mitad del siglo XX. Las colisiones por razones fronterizas hay que ubicarlas en su contexto y en el cuadro político más amplio, interno y externo, en que tienen lugar.
Que Guyana pretenda soberanía sobre el Esequibo o explotar sus riquezas no es novedad sino rutina, y por lo tanto no es la causa de las tensiones que se han suscitado recientemente. Pero lo que sí es nuevo y específico de la coyuntura actual es que el gobierno de Guyana se haya salido del carril diplomático y jurídico por el que se había acordado darle tratamiento al problema y que haya pasado a realizar acciones unilaterales por vías de hecho, como la instalación de una plataforma de exploración petrolera en convenio con la transnacional Exxon y sus asociados. Otro elemento específico de la actual coyuntura es que los acontecimientos han ocurrido precisamente cuando la región transita por un proceso de integración, de cambio y de separación progresiva del viejo dispositivo geopolítico heredado de la guerra fría. Todo esto le da un color y connotaciones particulares a la controversia de hoy, la de 2015, y constituye la especificidad de la situación actual. Los términos en que Guyana ha planteado la disputa cumple un cometido además del territorial: resquebrajar la integración latinoamericana y caribeña.