La sabiduría siempre vuelve con su carro de interrogantes y su ración de tesis comprensivas. Algo que hoy necesitamos en todos los continentes del planeta, sobre todo para tender puentes entre las personas, y así poder avanzar en la diversidad cultural y en el diálogo intercultural como principios generales de sostenible desarrollo y de las políticas, que sin duda han de ser más poéticas, o sea, de servicio a la ciudadanía.  Quizás tengamos, para ello que ser más servidores de todos, más tolerantes unos de otros. 

 Porque la cultura es, además, un motor formidable, que ha de estar en el centro de nuestras vidas, de nuestro movimiento, de nuestra razón de ser. Precisamente, en este sentido, se acaba de pronunciar el comisario europeo de Educación, Cultura, Juventud y Deportes, Tibor Navracsics, al identificar la cultura como la joya escondida de nuestra política exterior. No cabe duda, de que para injertar diálogo, hace falta antes tener altura de miras y una buena dosis de concordia. Lenguaje imprescindible en un momento como el actual, en el que todos hemos de permanecer unidos para luchar frente a la radicalización y la construcción de una alianza de civilizaciones contra los que tratan de dividirnos. 

 La humanidad lejos de rechazar su herencia cultural deberá, aparte de custodiarla, adentrarse en su propia historia. Lo que no podemos, ni tampoco debemos consentir, es que se destruya nuestro patrimonio cultural. Ahí está para bochorno de todo el planeta, tantas zonas destruidas, como el patrimonio cultural de Siria, que no sólo ha forjado la identidad de su pueblo, también es decisivo para la unidad del país. 

 Hemos de pensar que todos somos generadores de cultura, únicamente por nosotros mismos, mediante la autenticidad de donarse, ya que si importante es ser más con nuestros análogos, aún más fundamental, es ser más para nuestros semejantes. Tengamos la autoridad moral de reconocerlo y de sembrarlo, con todas las fuerzas que encauzan un espíritu labrado en la coherencia existencial.