Un país cansado de la política y más política y no se resuelven los problemas. Una nación agotada y decepcionada de los políticos. Una sociedad desencantada e indiferente ante los asuntos de orden público. Con tiempo solo para enfrentar sin éxito sus dramas y dificultades de alimentación, seguridad y salud. Un país en crisis al no saber con precisión para donde va. Indefenso y confinado en sus propios laberintos de sentimientos y emociones. Sin rumbo cierto ni puerto donde llegar. En fin, una patria a la deriva y al vaivén de las olas tormentosas de una mar rebelde y sin control. Sin claridad en él qué hacer y cómo hacerlo. Un mundo político enmarañado en sus propias e inentendibles estrategias sin capacidad de repuestas a los agudos y graves problemas de subsistencia de la familia venezolana. Un liderazgo en deuda con los ciudadanos de todos los estratos sociales.
La generalizada sensación de frustración recorre alrededor de 70% del cuerpo social de la nación. Después del corto pero intenso esfuerzo electoral las cosas siguen iguales. De acuerdo a los resultados dados por el CNE, el ganador solo cuenta con el respaldo de más o menos un tercio del total de electores del Registro Electoral Permanente (REP). Ósea, un 30% de los votantes. Tiene en contra casi el 70% de la población, con edad de votar. Perdió más o menos dos millones de votos si lo comparamos con las elecciones para los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente. Fracasaron los programas de control social del gobierno (carnet de la patria e inscripción en el PSUV) y esto se reflejó en la votación lograda. El gobierno debería estar preocupado. La abstención fue del 54%, la gran ganadora de esta contienda… La participación del 46%.
Es hora de elevar el debate. Actuar con sensatez. Sabiduría y razón. Venezuela reclama una discusión argumental… programática. Una disputa correlacionada con los reales problemas de la sociedad. Donde destaque la solución de las dificultades con propuestas creíbles y realistas. Venezuela demanda abandonar el charco de la triquiñuela, la envidia y la rivalidad mediocre. Es el momento para crear e inventar soluciones prácticas y duraderas. Salir del marasmo intelectual en que se encuentra la política. Mejorar el lenguaje y clarificar el sentido de las palabras. Hay que hablarle sencillo, directo y explicito a la población. Sin ambages ni ambigüedades. La situación apremia y la necesidad llama a gritos una solución. No hay tiempo de espera ni de ensayos. El tiempo corre indetenible y la desesperanza cubre sin reservas el tejido social de la nación. Es imperativo el regreso de la racionalidad a la política.
El país exige la concreción de una alternativa unitaria opositora. Un liderazgo claro y un programa de gobierno con propuestas y soluciones especificas a cada problema socio-económico. La solución de los problemas está en manos de los venezolanos. Aunque hay que reconocer que las medidas y sanciones internacionales ayudan a presionar al gobierno. Unir la oposición en un frente único de naturaleza política. Consensuado con las diferentes corrientes opositoras. Con una definida estrategia que diga a la nación el camino y el puerto de llegada. Solo así se podrá levantar el ánimo y el espíritu de lucha de las grandes mayorías nacionales. Deponiendo todos las pretensiones personales y las ambiciones de grupos y fracciones. Es el momento de trabajar juntos por una Venezuela de progreso y desarrollo democrático. De oportunidades y libre albedrio.