No entiendo cómo el Gobierno se considera demócrata y bloquea todas las salidas electorales a la crisis. Después de haber sepultado el Referendum Revocatorio, pontifican con el mayor desparpajo que no habrá elecciones hasta el 2018 y que, en consecuencia, la oposición debe cesar de engañar a la gente con la ilusión de un posible adelanto de las elecciones. “No se obsesionen con procesos que no están en la Constitución”, repite Maduro, pero sí estaban el Referendum y las elecciones de gobernadores y recurrieron a todos los medios para impedirlas.
No olvidemos que el Presidente afirmó que no entregarían el poder “ni con votos ni con balas”, lo que equivale a sepultar la democracia, y hasta un connotado vocero del Gobierno, famoso por sus amenazas y desplantes, afirmó que gobernarían varios cientos de años más, lo que me recordó la bravata de Hitler que aseguraba que el imperio nazi duraría mil años.
Pero entonces, ¿qué sentido tiene el diálogo y la posible negociación, cuando el Gobierno no está dispuesto a ceder lo más mínimo en este campo, constitucional y pacífico, que es además, el camino para evitar la sangre y el enfrentamiento violento? Alabar el diálogo y mantener el puñal en la yugular de la democracia, es de un cinismo sobrecogedor.
Uno comprende la impaciencia de muchos pues son ya demasiados años de engaños, arbitrariedades y abusos de poder. Pero la paciencia hoy nos es muy necesaria. La paciencia no indica claudicación ni abandono de la pelea y dejar de mantenerse firmes y valientes en la exigencia de que se cumplan los derechos que nos garantiza la Constitución. La verdadera paciencia no tiene que ver con la resignación pasiva ni es fruto de la debilidad. Al contrario, supone fortaleza interior. La persona paciente se mantiene activa, busca lo mejor, responde a situaciones y retos nuevos, pero lo hace sin perder la paz ni la lucidez.
