Los políticos son generalmente cínicos. Se aprovechan de los errores de los adversarios en su favor, a pesar que hayan cometido los mismos en el pasado cercano. No es una conducta para inquietarse. También son mentirosos y demagogos. Prometen el cielo sin tener en mente la intención siquiera de pensar en cómo alcanzarlo. Recurren también a calumniar a sus oponentes por lo que efectúan acusaciones sin tener en sus manos ni una prueba al respecto. Éstas son conductas pésimas, pero tan extendidas y recurrentes que ya no asombran ni preocupan importantemente.
El “eterno” tuvo esta misma conducta, no se diferenció de los políticos tradicionales que enfrentó en estos aspectos, a pesar que siempre se presentó y fue presentado como distinto a los del pasado. Su cinismo, sus mentiras y sus calumnias, son claras en su legado y están presentes en la conducta diaria de sus herederos, gobernantes o no.
Pero adicionalmente, el “faro que iluminaba el camino de la Humanidad” llevó todos los vicios señalados y muchos otros a niveles extremos, no vistos previamente por los venezolanos. Tanto, que hizo pequeñas las mismas depravaciones del pasado adecocopeyano, las cuales aparecieron ante la gente común como triviales, inofensivas, poco importantes a la hora de la valoración de los líderes herederos de la mal llamada cuarta república.
Chávez no prometía disminuir la pobreza, él hablaba de eliminarla para siempre y en muy poco tiempo. Ofreció acabar con los niños de la calle, sin siquiera pensar en buscar a un especialista en el área, para saber cómo se debía enfrentar este grave problema, hoy, 18 años después, mucho más extendido que antes. Sus niños de la calle se convirtieron en los delincuentes juveniles e integrantes de bandas, que hoy asaltan y asesinan en las calles de Venezuela. He allí su legado.
