Opinión

En opinión: La MUD y Hamlet

Alguien, de cuyo nombre no logré acordarme, decía que la política es un baile entre dos y al presidente Nicolás Maduro no se le ha ocurrido mejor idea que sacar a bailar a Henry Ramos Allup (HRA).

Eso no debería ser un problema, se trata del presidente de la Asamblea Nacional y el vocero principal de uno de los partidos de la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD). El detalle está en el ritmo, en lo que se baila y quien al fin de cuentas lleva el paso.

Desde que el Presidente —presumo que intentando tender puentes para el diálogo— comenzó a llamar a HRA “líder de la oposición” ¿quién se ha beneficiado más de ese diálogo a la distancia? ¿Cuál de los dos ha sacado mayor provecho de esa conversación a través de las pantallas de la televisión?

Ni el Presidente, ni ningún otro líder del chavismo, ni si quiera un dirigente de la oposición radical puede ganarle a HRA en el dudoso arte del vilipendio político. Nadie en este país es lo necesariamente viejo y lo suficientemente adeco para tener su experticia. Nadie, como él, ha andado y desandado los albañales de la política criolla para haber cultivado una lengua trifásica en la que ningún contacto es tierra. El simple hecho de que haya sobrevivido a la bomba nuclear que desplazó a AD y a Copei como partidos del estatus, es para suponer de qué se trata de un espécimen con enorme capacidad para acomodarse.

La prueba irrefutable es el hecho obvio de que en poco más de seis meses, en los que no cumplió con su sentencia de derrocar al presidente Maduro, HRA es candidato a la Presidencia de la República y, según Datanálisis, el dirigente de oposición más reconocido. Y eso debe ser verdad porque Enrique Capriles no puede ocultar la histeria cuando se lo mientan y Leopoldo López —que después de las guarimbas ocupó en el oposicionismo el puesto que ahora tiene HRA— mandó a decir que puede dialogar con el Gobierno.

Es posible que HRA también quiera diálogo y seguro sabe que la única solución posible y aceptable nacional e internacionalmente se construye por esa vía, pero él está engolosinado y sabe que la oposición radical le quitará el caramelo si se sienta en una mesa con la mediación de José Luis Rodríguez Zapatero.

Los compatriotas de la oposición no tienen realmente un líder. Ya desplazaron a López, como lo hicieron con Capriles, porque HRA dice lo que ellos y ellas quieren oír y lo hace, circunstancialmente, desde una posición de poder y teniendo como interlocutor al presidente Maduro. En Venezuela sí hay “diálogo”, pero el que conviene a los sectores más radicales de la oposición que, no por casualidad, se agazapan en los medios de difusión emblemáticos del antichavismo más furioso.

Ese mismo antichavismo que ha hecho del diálogo, que es la esencia misma de la política y la democracia, una derrota, un acto de claudicación per se. Tendría que la Unidad estar realmente unida para poder hacerse refractaria al costo político que a estas alturas les significaría dialogar con el Gobierno.

La MUD está como Hamlet: ser o no ser, dialogar o no dialogar. Sabe que no tiene las fuerzas para derrocar al Gobierno, que el tiempo ahora corre en su contra, que no sabe cuánto tiempo más podrá contener la rabia y la frustración de su militancia tras el embarque del 1 de septiembre, que la prueba madre de que todo esto es absolutamente cierto es que ahora HRA es el “líder” —¡ve que molleja!— y que no le queda otra carta que la que le ofrece Rodríguez Zapatero. Si tranca el juego, gana el Gobierno.

Maduro, en su condición de Presidente, está obligado a perseverar en el diálogo y ahora que tiene una prueba clara del poder de sus palabras sobre los venezolanos que militan en la oposición debería intentar lo que ahora no parece posible: más allá de la dirigencia de la MUD, llevar el diálogo hasta la gente, hasta los venezolanos que lo adversan. Hasta que ese diálogo no se construya simultáneamente, desde el reconocimiento, desde nuestra identidad como venezolanos, no faltarán los HRA que quieran cabalgar sobre los odio.  

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