Por estos días de respiración en nuestra ‘aldea global’, somos observadores de cómo la inmediatez de la información nos domina. Muchas veces el problema aparentemente no es informarse, si no comprenderlo medianamente, mantener el reportaje por algún tiempo y darle significado a los episodios que nos comentan.
La avalancha de sucesos absorbe y somos rehenes del delirio informativo. Cuando estamos digiriendo una noticia ya es tiempo de voltear la vista para leer otra, y cuando estamos entendiendo el origen de un evento noticioso se hace necesario empezar a asimilar otra distinta por riesgo de quedar confundido y desorientado para otra revelación latente.
Es una espiral infinita. Finalmente, somos lectores parciales de acontecimientos, o dicho de otra manera: lectores temporales de titulares. Preguntémonos: ¿por cuánto tiempo la novedad en primera plana de hoy permanece como noticia mañana o la próxima semana? La brevedad es la norma, pues, en los tiempos modernos lo importante resiste poco. La primicia es transitoria y su reemplazo es inminente.
El caso de Venezuela, es vivo ejemplo de esto. Además de la ola noticiaria minuto a minuto (que evita apreciar los hechos en su justa dimensión), también debe agregarse el ingrediente del impacto o asombro del ciudadano. Para hacerlo más ilustrativo, me explico con varios ejemplos -sin comentar los comportamientos sociales que ya están establecidos como preceptos imprescindibles y/o reglas colectivas indiscutibles de supervivencia.
