El Dios de la vida no debe ser representado en un instrumento de muerte. Si la prueba irrefutable de que el Maestro es Dios, la vida misma, es su resurrección, su victoria sobre la muerte; nunca he logrado entender, desde mis tiempos de Escuela Dominical, cómo y por qué la cruz se convirtió en el símbolo central de la cristiandad.Es verdad que la cruz se resemantizó. En tiempos del Imperio Romano era la inyección letal o la silla eléctrica, más que eso, era una demostración del horror que le esperaba a quien no se sometería a la voluntad suprema del César y sus legiones de centuriones. La cruz no sólo era aborrecida, sobre todo, temida.Como no pudieron apedrearlo, que era la forma en que los judíos le aplicaban la pena de muerte a los herejes o a los que no acataban la ley de Moisés administrada por los rabinos, pidieron a Roma que le crucificara. De esa forma, muriendo como morían los enemigos del Imperio, como murieron miles de personas en todos los territorios ocupados por las legiones del César, creyeron que se librarían de él y pronto sería olvidado.En consecuencia, la cruz debería ser como la venezolana Cruz de Mayo, cruz florecida, llena de colores y de cantos tan bonitos y alegres que a uno se le olvida la muerte. El madero ya no es más madero sino árbol reverdecido, floreado y cargado de frutos, como esos que talan con saña y desde el tronco mutilado vuelven a la vida.No pretendo minimizar el martirio de Jesús y lo que su sacrificio en la cruz, su sangre derramada, significa para nosotros los cristianos, porque eso sería negar la misión central de su venida a la tierra como un ser humano. Sin su muerte estaríamos condenados irremisiblemente.Simplemente, prefiero poner el acento y subrayar con amarillo, azul y rojo lo que hace de su muerte, de su sacrificio, un acto de perdón, de redención. En la certeza de que resucitó, de que está vivo y vive en nosotros, porque Jesús, además, es el Dios de lo plural, de lo público, de lo colectivo.Cristo no puede ser entendido desde el singular. Cuando le oramos o rezamos, aunque estemos solos, siempre lo pensamos como él mismo nos enseñó, como el Padre Nuestro. Nadie dice para referirse a él padre mío, es nuestro.Es verdad que la cruz nos recuerda permanentemente su sacrificio ¡bien! pero no es menos importante la multiplicación de los panes y los peces, el hacer del agua vino para que siguiera la fiesta, su caminar por las aguas, su última cena, su sermón en la montaña, sus 40 días de ayuno, los cuerazos que tuvo que darle a los mercaderes, con los únicos que Jesús tuvo que usar la fuerza. El hecho de que hablaba con las mujeres y les hablaba con respeto aunque hubieran tenido cinco maridos o estuvieran a punto de ser apedreadas por adúlteras.De verdad que a Jesús se le recuerda más y mejor en la vida que en ese breve instante, pasajero, inevitable y necesario, pero de tránsito. Es como quien se queda en la estación, se queda contemplando la parada y se pierde del viaje, del paisaje, de la compañía.¿Cuál debería ser el símbolo principal de los cristianos? Jesús en su ministerio usó el pez y aún hoy el pez nos lo recuerda en su condición de Maestro. Hay un arte religioso que representa a Dios resucitado entre mantos y nubes blancas y rayos de luz subiendo al cielo, pero quienes nos acercamos más a él por su condición humana, por su ejemplo vivo de ser gente, esas alegorías celestiales siempre nos resultan demasiado distantes, inalcanzables.Todo lo vivo, incluso lo que muere para volver a la vida, debería recordarnos permanentemente a Dios. Honrar la vida sería nuestra mayor ofrenda, proteger su creación, toda ella, nuestro mayor ejercicio de fe ¿Qué sentido tendría que un cristiano vaya por su vida ofendiendo y agrediendo lo vivo, lo creado por Dios y a Dios mismo, para cada Semana Santa caer de rodillas ante el símbolo de la cruz?