Cualquier momento es saludable para intensificar nuestras salas interiores de silencios reflexivos, máxime en un tiempo en el que los lenguajes se confunden y las atmósferas se acrecientan de engaños. La muestra la tenemos en la propagación de noticias malévolas a través de las redes sociales. Por eso, es importante volver al corazón, abrir los ojos para poder acoger lo auténtico y desechar lo falso, esa dimensión superficial y efímera que no deja lugar al verdadero amor e impide la paz. Nuestra propia historia puede darnos claves esperanzadoras, pero también crueldades que debemos evitar.
Así, la trata transatlántica de esclavos, una práctica legalmente sancionada y profundamente vergonzosa, fue en tiempos pasados el mayor movimiento forzado de personas en la historia de la humanidad; pero hoy también lo es, aún seguimos comercializando con personas de manera tácita o expresa. Algo verdaderamente tremendo que cuesta entender, pues aunque hemos avanzado en algunos logros, como el caso de los afrodescendientes, todavía urge reivindicar en el planeta la defensa de la dignidad de cada ser humano; no en vano, la Organización Mundial de la Salud (OMS), acaba de explicar que la tuberculosis es endémica en aquellas poblaciones donde los derechos humanos y la decencia se encuentran limitados.
Hemos de dignificarnos colectivamente, sin miedo, ni temores. Ya está bien de tantos usureros en camino, del aluvión de charlatanes de inventivas acosándonos, viviendo de la política a cuerpo de rey. Hacen falta en el mundo otros guías, con capacidad verdaderamente de servicio, de entrega incondicional a su pueblo. Nadie puede adoptar el gobierno de nadie como profesión y seguir siendo honesto. La indecencia nos está dejando sin alma.
Y esto es grave, gravísimo, ya que corremos el riesgo de convertirnos en verdaderos lobos de nosotros mismos. Por tanto, despertemos, no importan los encantadores de serpientes, si es cierto que asentamos esa dimensión internacional aglutinadora, capaz de acorralar y de poner en entredicho la ineficacia de algunos dirigentes. No olvidemos que tras el resultado de esta ineptitud, corrupción y falta de honestidad, permanecen los golpes que nos roban hasta las sonrisas.
