El secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, en medio de un largo zaperoco montado desde hace meses, maniobra abiertamente en su afán de lograr una nueva injerencia contra Venezuela aplicando de manera írrita, parcializada y conveniente la llamada Carta Democrática Interamericana. Cual Judá blande alusiones en pro del pueblo mientras en la talega caen 30 piezas que irónicamente dicen “en Dios confiamos”.
El referido instrumento al que hace alusión fue aprobada el 11 de septiembre de 2001, en sesión especial de la OEA en Lima, Perú, y es un instrumento que proclama como objetivo principal el fortalecimiento y preservación de la institucionalidad democrática. Este se desprende o retoma la resolución aprobada en la quinta sesión plenaria, celebrada el 5 de junio de 1991. (AG/RES. 1080 (XXI-O/91).
Además, la Carta enumera algunos elementos esenciales de la democracia, como los derechos humanos y las libertades, el estado de derecho, las elecciones libres y justas, el pluralismo político y la separación de poderes, entre otros. Pero estos son elementos básicos, esenciales e indispensables, aunque no son los únicos.
La Carta menciona también otras miradas de la democracia, otros elementos que son sustantivos de la democracia, como la eliminación de todas las formas de discriminación. Todos estos aspectos que garantiza, acoge y desarrolla con amplitud nuestra Constitución venezolana y que además son defendidos por las instituciones del Estado.
Sería infantil soslayar todos los ejercicios democráticos, elecciones, participación de partidos políticos, independencia de poderes, la inclusión de genero, de razas y los derechos a la vida, educación, salud y vivienda en los que esta revolución ha venido rescatando de la miseria que dejo la cuarta República. Pero más allá de eso, la propia Carta tiene su método de aplicación y al respecto hay que señalar:
Primero, como señala el artículo 18 de la susodicha carta… ”Cuando en un Estado Miembro se produzcan situaciones que pudieran afectar el desarrollo del proceso político institucional democrático o el legítimo ejercicio del poder, el Secretario General o el Consejo Permanente podrá, con el consentimiento previo del gobierno afectado, disponer visitas y otras gestiones…”. como reza textual y manda al señalar el consentimiento previo del gobierno afectado, virtud de la que no goza Almagro, en consecuencia, no puede ni debe hacer tal invocación.
Asimismo, si se refiere al artículo 20. En caso de que en un Estado Miembro se produzca una alteración del orden constitucional que afecte gravemente su orden democrático, cualquier Estado Miembro o el Secretario General podrá solicitar la convocatoria, tendría que argumentar que es una alteración del orden constitucional, ya que en Venezuela se vive en un estado de derecho apegado a nuestras leyes y no a la conveniencia de los actores políticos. La negligencia de la OEA, en este aspecto, es muy amplia y maniquea.
En consecuencia, la oposición venezolana y la Asamblea Nacional de Venezuela no están facultadas para invocar tal instrumento, no es más que el jaleo de perros rabiosos que van tras la presa.
Pero por si fuera poco, es que es evidente la actitud parcializada del señor Almagro en relación al caso Venezuela, haciendo gala de toda suerte de apologías sobre los desafueros de la oposición. ¿Dónde están sus criticas a la guerra mediática, a la guerra económica, a la guarimba, a los 43 muertos y a la necesidad de imponer la justicia como vía idónea para ordenar el juego político?
Lo que pasa a todas luces es que las quimeras socialistas que dice haber tenido alguna vez Almagro se fueron al campo un día, y entre aquellas y los dólares más pudo el interés que el amor que les tenía. Por ello, más vale la reflexión y deje los malos caminos, la traición es mal consejero. Deje pues de ser ese discípulo arrebatado donde la plata brilla más que la conciencia.