A nueve días de las elecciones presidenciales 2018 hay un sector de la oposición que aún está como Alicia en el país de las maravillas.
Cree que hay teteras que hablan, que un gato mágico conspira a su favor y un conejo parlanchín los llevará de vuelta a la cuarta. Esa, digamos, es la tipo María Machado quien de acuerdo con un video divulgado en “el mazo” viajó a la frontera con Colombia para denunciar frente a Andrés Pastrana y Álvaro Uribe a la “narcodictadura” de Nicolás Maduro. Que está convencida de que la abstención por sí sola, como por ley de gravedad, hará caer al régimen y que una especie de justiciero enmascarado llamado difusamente “comunidad internacional” vendrá a salvarlos. Otro sector debe sentirse como Jack y los frijoles mágicos, que no germinaron. Creyeron que podían subir al cielo por una planta mágica, que ganarle las elecciones a Maduro era, literalmente, pan comido y cuando la realidad real los hizo caer de una mata de coco entraron en negación regresiva. “No hubo elecciones”, “no existieron”, “no reconozco los resultados” gritó Henri Falcón antes de que el CNE diera su primer boletín.En una serie de seis tuits de los que ya borró cuatro, Henrique Capriles admitió el mismo 20M que “ninguna posición logró convencer a la inmensa mayoría de los venezolanos. Hay claramente una ausencia de verdadera unidad”. Pero el hecho de que borrara los tuits donde dijo que la división en quebrados y la intolerancia intestina los llevaron a otra derrota más nos hace pensar que sólo fue un “despertar fugaz”, un “ataque de realidad”, que rápidamente superó para volver sumergirse en su alucinación 2.0 permanente.Esta vez fue él sólo que descargó su arrechera contra las teclas del smartphone y en medio de la pataleta terminó admitiendo que si “ninguna posición logró convencer a la inmensa mayoría de los venezolanos” es que las elecciones se hicieron, son válidas y la oposición como un chiste de doble sentido que no hace reír por ninguno de los dos lados, perdió.Los grandes derrotados del 20M son los llamados radicales que no tienen raíces. Es un radicalismo de estridencia, de tuits, de “suicidios en primavera” como no participar en unas elecciones que podían ganar o ganar la gobernación del Zulia y no asumir el mando porque no le hablo a la Asamblea Nacional Constituyente (ANC). Es el radicalismo tipo Capitán América de las guarimbas –destruir todo, asesinar y quemar en nombre de la libertad- que derrotado por las elecciones de la ANC sueña con la guarimba mayor, una invasión yanqui que bombardee las urbanizaciones donde ellos guarimbearon inútilmente. Que celebra que el Gobierno no pueda comprar insulina para los diabéticos, ni los retrovirales para los enfermos de VIH, ni alimentos, gracias a que Julio Borges va por el mundo pidiendo que castiguen a los siempre rebeldes venezolanos y venezolanas que se empeñan en esa idea absurda y populista de votar.Los resultados del 20M son un cable a tierra. Derrotó el extremismo del presidente Donald Trump que pretendía quitarnos a la blanca y bella nuestro derecho a decidir y a hacerlo con plenas libertades. A la casta de obispos y cardenales que llamaron a suspender los comicios que finalmente fueron bendecidos por el papa Francisco. Y a la camarilla que viene insistiendo en que hay que dolarizar la economía. La propuesta principal de Falcón, cambiar el bolívar por el dólar, fue derrotada ampliamente.La orden del pueblo expresada en votos es tan obvia en ese sentido que hasta el triunfo de Nicolás Maduro es moderado. Si bien es lo suficientemente claro para no dejar dudas de que ganó y que ganó en buena lid, no deja de ser un sonoro manotón al copete de las estridencias rojas rojitas. La prueba de ello es que los mismos militantes del chavismo no están conformes, esperaban los “10 millones por el buche”, no entienden la abstención y ya eso prueba de que les toca su cable a tierra.Los “ni-ni” también se expresaron y los factores polarizados, desde sus extremos, no pueden comprender, y a veces ni si quiera ver, esas otras posiciones aunque realmente están a mitad de camino de las suyas. Es el síndrome de los radicales, la miopía.El pueblo venezolano con sus votos a favor y en contra, incluso, con sus abstenciones, con esa herramienta formidable que son las elecciones, le ha dado a Nicolás Maduro la enorme oportunidad de ser el presidente de las transformaciones a fondo, de mostrar que, como él mismo decía en la campaña, ya no es el “novato” de hace cinco años, que se graduó con honores en la universidad de la política y el ejercicio del poder, que puede liderar una revolución sin el “manpulorio” del siglo pasado, sin el “copia y pegue” izquierdoso, sin moldes económicos cartesianos, una revolución venezolana, nuestra mía, como la proponía el maestro de Bolívar, “inventamos o erramos”.