Opinión

En opinión: Higiene y política

Alguna gente cree que la política es sucia y puede que en eso radique su mayor virtud. Si la política es un proyecto de convivencia, la posibilidad de crear entre todos o entre las mayorías una vida satisfactoria para todos o para las mayorías, vos termináis ensuciándote, mezclándote, reconociendo en los otros lo que no necesariamente queréis para vos.

Es como los chamos, por más que los bañéis y los vistáis con ropa limpia, por más que lo azotéis con el dedo índice advirtiéndole de que no se ensucie, su leitmotiv, que es jugar con otros chamos, lo llevará a la mugre. Y que bella es la cochinera de un niño cuando juega. 

Los grandes debates planetarios sobre el medio ambiente, sobre los derechos de los niños y las niñas, de las mujeres, de los y las homosexuales, de los negros e indios, de las personas con una discapacidad, de los migrantes, de los trabajadores, de los campesinos; así como la ausencia de debate, que es la guerra, giran en torno a eso, a que tan dispuestos estamos a “ensuciarnos”, a reconocernos como parte de una humanidad diversa y contradictoria.

Esa arrogancia de ser único, impoluto, vertical en 90 grados, poco tiene que ver con la política, salvo que vos creáis que la política no es realmente política sino una lucha por el poder, sobre todo, por poder joder al otro.

Los mayores fracasos de la humanidad —como el fascismo nazi, la democracia representativa capitalista, el socialismo soviético o la globalización neoliberal— han radicado precisamente en eso, en la pretensión de imponer una única forma de ser y estar.

Los mayores aciertos se han logrado colectivamente, en momentos en que la humanidad ha hecho esfuerzos o se ha visto forzada a reconocerse en su complejidad. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre y la Mujer, redactados y aprobados después de los horrores de la II Guerra Mundial, es hoy el mayor consenso planetario.

En España tuvieron que repetir las elecciones porque los partidos de izquierda (Psoe, Podemos, IU) no alcanzaron un acuerdo para formar gobierno y desalojar a Mariano Rajoy de La Moncloa. La nueva campaña se planteó en los términos excluyentes de progresistas versus conservadores, y los resultados no resolvieron la paralización política que viven desde hace seis meses. En términos prácticos no cambió nada. 

En Reino Unido, los escoceses renunciaron a su independencia de los ingleses para permanecer en la Unión Europea. Ahora que triunfó el Brexit con el voto favorable de los ingleses William Wallace ha revivido. Hay quienes piensan que los franceses y los italianos seguirán el ejemplo de los ingleses el año próximo y despertarán del sueño euro. La unidad bajo una única idea está haciendo aguas.

El mundo que conocemos está obligado a dialogar, a reconocerse múltiple, diverso, incluso, contradictorio, o se condenará, no por la decisión de un dios vengativo sino por su racionalidad unívoca, excluyente, construida desde la negación de otras percepciones u otras formas de pensar.

Por eso, la negativa de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) a dialogar con el Gobierno nacional no sólo es un despropósito sino una manifestación de esa política limpia, impoluta, que sólo puede ver su ombligo.

En 2014, cuando Leopoldo López se lanzó a las calles con La Salida para derrocar al presidente Nicolás Maduro, Enrique Capriles y Henry Ramos Allup acudieron de buena gana a la mesa de diálogo que les sirvió el Gobierno. Su intención real no era crear acuerdos para superar el conflicto sino asegurarse que López no se saliera con la suya y le dieron un tanque de oxígeno al régimen cuando el humo de las guarimbas amenazaba con asfixiarlo.

Ahora que López está condenado a casi 14 años de cárcel, inhabilitado políticamente, Capriles y Ramos Allup juegan a ser los duros, los bravos. No quieren diálogo. Fueron a la OEA por lana y regresaron trasquilados y con el mandato mayoritario de los países a que dialoguen.

Capriles no lo hará porque sólo está pensando en su estética política ¿cómo lo van a ver? Ramos Allup porque más sabe el diablo por viejo que por diablo y descubrió que el dilema López versus Capriles lo mantiene vivo. Un tirito con los amarillos, otro con los naranjas.

Por cosas como éstas es que la gente piensa que la política es sucia, pero es al revés. Este tipo de política es limpia, sobre todo, limpia de escrúpulos.

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