Un niño llorando por leche no lo calma el arrullo. Pensar nosotros que el diálogo como canción de cuna nos pudiera parar el desespero de la tragedia que vivimos por falta de alimentos, medicina, agua y luz, y los asesinatos de inocentes en cada esquina, podría ser una interpretación cómoda de la realidad que vivimos.
El hambre no aguanta diálogo. En Venezuela el hambre caminó o camina más aprisa que la respuesta que hayamos podido dar para calmarla. Pareciera que los tiempos no dan para el diálogo, pero si lo intentamos de nuevo no podemos volver a hablar entre pendejos. El diálogo debe incluir el revocatorio, la libertad de los presos políticos y la libertad económica de manera inmediata.
No es la primera vez que lo intentamos, ni tampoco es la primera frustración. Siempre hemos propuesto el diálogo como solución, pero es conveniente hacerlo entre gente seria, con personajes de buena intención, con países que sientan la democracia y con organismos internacionales que hagan respetar la ley y los acuerdos del derecho internacional. Y entre nosotros debemos dar muestras de que realmente deseamos diálogo, y no accionar las armas para demostrar más poderío que el otro.
Es una ridiculez mostrarle fuerza a un pueblo que se muere de hambre o sentarnos a hablar días y días de cómo le entra el agua al coco, mientras el pueblo lo que desea es tener qué y con qué comer. El diálogo debe ser una respuesta inmediata a las necesidades del pueblo, no puede ser un parapeto para alargar la continuidad de los intereses políticos, mientras la gente soporta sin ayuda la carga de la tragedia, no puede ser un arrullo para el niño que llora por hambre.
