Opinión

El “impeachment” a Dilma Rousseff

   En el desenlace del juicio que el Senado brasileño siguió a la presidenta Dilma Rousseff, separándola de su cargo, se patentizaron cosas importantes: el peso de la opinión pública, la adhesión de la sociedad a normas jurídicas, la búsqueda de puntos de equilibrio entre ideales colectivos, y la necesidad de estabilidad que armonice fuerzas y estratos de la nación hacia la paz interna, en medio de conflictos que se generan en una sociedad heterogénea y compleja, como la brasileña.

Lo resaltante es el apego a dictados de leyes, y a la inteligente flexibilidad que permite cubrir aspectos inherentes a conflictos sobre bases de dignidad y compatibilidad con la marcha del país. 

La nación confiere al ciudadano elegido Presidente en libres comicios  por  cuatro años un caudal de poderes decisorios, también asignados a poderes del Estado, especialmente al poder de la opinión pública, que se manifiesta a través de medios impresos y audiovisuales, con fuerza en la conformación de patrones de opinión. Los hechos se valoran como trazos de una cascada. En su origen, las aguas son mansas, pero en el trayecto cobran vigoroso ímpetu. 

Los países los construyen sus ciudadanos. No hay formas ni sistemas económicos infalibles, sean capitalistas, socialistas, neoliberales, ni globalizados que funcionen exitosamente si eluden principios fundamentales: integridad, cautela y moderacion en el capítulo de gastos públicos, así como libertad para el ejercicio ciudadano en las actividades de producción de bienes y su comercialización.

El juicio político y la suspensión del cargo, a la primera mujer Presidenta de Brasil, con votación en el Senado, de 55 a favor, y 22 en contra, se vincula a un hecho: la presunta maniobra contable ilegal en el manejo  del presupuesto federal para maquillar el déficit fiscal, unido al escándalo de corrupción en la estatal petrolera Petrobrás, y una debacle económica, con una sola persona enfrentada a esa matriz de opinión adversa: Dilma Rousseff. El Senado tendrá 180 días para manejar el juicio y decidir si procederá o no su destitución.

El país participó en el drama auténtico. No hubo actores ni espectadores simples, pues todo brasilero se vio involucrado en el epílogo. No fue un drama exclusivo de Rousseff, fue el drama de la Presidenta de la República con efectos colaterales para todo el país. Algo semejante, tras acusaciones diversas, el Presidente Fernando Collor de Mello resultó defenestrado, tras breve contienda ventilada en el Congreso Nacional.

Michel Temer, exaliado de Rousseff, asumió interinamente la Presidencia de Brasil, y completará el mandato, desde el Palacio do Planalto, hasta enero 2019, si Rousseff es destituida. Se inclina por reducir el número de ministros, recortar el gasto público, auditar programas asistenciales de pobreza y privatizar sectores manejados por el Estado para “revivir la economía más grande de Latinoamérica”. 

 

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