Opinión

En opinión: Eso de la transición

Un tema que genera bastante interés en las ciencias sociales es la transición política de regímenes autoritarios a regímenes democráticos. A pesar que muchos científicos sociales han escrito sobre las transiciones políticas (Schmitter, O’ Donnell, Rustow, Morlino, Przevorski, Dahl, Colomer, Huntington, entre otros),  pocos se atreverían a señalar que exista un recetario o un modelo infalible para utilizarlo en ese proceso de cambio tormentoso.  

Todos los autores concuerdan que el inicio y el final del proceso están marcados por la incertidumbre y un mar de dudas, además resaltan las características de ambigüedad que coexisten dado que se vivirá con ingredientes de la forma de gobierno en salida y la administración de gobierno entrante. 

En un buen número de casos, el inicio de las transiciones emerge desde adentro de la élite gobernante o del gobierno de turno, muchas veces por debilitamiento, pugnas internas, agotamiento o simplemente una búsqueda de legitimación de su régimen. Otros motivos relevantes para empezar a fundar estos procesos serían cuando se respira la sensación que la gobernabilidad está en entredicho, convulsiones políticas-sociales permanentes, período de depresión económica y quiebres sociales que van provocando el hundimiento de todo el sistema político.

El proceso de las transiciones políticas implica decisiones que transforman las reglas, las normas, los valores, los mecanismos organizativos, en fin, las instituciones. La transición es un período incierto donde los diferentes actores de la sociedad van conformando el marco institucional y todas las pautas de convivencia que pretenden consolidarse en el futuro inmediato. En este punto, las élites gobernantes con sus estrategias influyen, al igual que la manifestación de las masas y las iniciativas populares. Todas las fuerzas de la vida nacional agrupadas reconociéndose, procurando mantenerse en equilibrio para que se genere la estabilidad de las instituciones que van a reconstruirse o las nuevas que nacerán.

Es la fase donde debe considerarse que con decisiones solitarias o unilaterales no será posible organizar la estructura del sistema político para darle respuestas a las exigencias ciudadanas. Dicho de otro modo, se requiere darle participación al mayor número de voces -con franca apertura- para configurar la nueva naturaleza del sistema político, que debe venir abrigado de consensos, política de acuerdos, pactos de gobernabilidad, contratos de confianza, arreglos transicionales y el acatamiento del nuevo orden por parte de todos los actores, manifestando de este modo credibilidad en el cambio, sino olvidemos que habrá estabilidad y paz en algún tiempo, pues, duraría menos que un parpadeo y entraríamos en una espiral de inestabilidad infinita.

Día a día va tomando forma  un estado emocional demandante de cambios, va tomando cuerpo ese requerimiento tan ciudadano que es la necesidad de sentirse mínimamente protegido y lograr satisfacer las necesidades más básicas, por medio de las herramientas institucionales que el sistema debiera ofrecer, pero resulta que se tiene a medias o sencillamente no se cuenta con ninguna. Cuando se vive ese momento, se le vende al ciudadano centenares de alternativas para “salir del lodazal”, una de ellas son las transiciones políticas, éstas no son recetas milagrosas ni ungüentos mágicos, claro está. La dirigencia política con elevada mira debe explicarlo, ellos son los que tomarán las decisiones trascendentes, por esto tienen el desafío de comprender los hechos en estricto rigor. ¿Están preparados? Ruego que sí, porque más allá de la transición lo que importa es la consolidación, sino la regresión será más deprimente, frustrante, cruel e inhumana.

En las democracias modernas se entiende que el poder es transitorio y no hay mayores traumas cuando una coalición política deja de ser gobierno; el cambio de administración no ocasiona desestructuración, desorden o caos. 

La vida sigue, todos los días hay nuevas oportunidades y su aprovechamiento depende de cómo estemos preparados. Una vez Churchill dijo que: “El problema con el suicidio político es que uno queda vivo para lamentarlo”. Considérese. A veces es mejor reordenar las fuerzas para seguir en combate que inmolarse y desaparecer.     

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