Nuestros procederes o actos de una forma determinada obedecen a motivaciones, impulsos, intencionalidades, voluntades, omisiones, creencias y un sinfín de consideraciones que guardan una lógica de razonamiento según los propósitos que persigue nuestro accionar. Es decir, una acción —generalmente— está acompañada de una lógica para hacerlo.
Por estos días, cuando muchos nos desmenuzamos la cabeza para encontrar explicaciones del comportamiento del Ejecutivo en diferentes aspectos y encontrar la estructura lógica de sus decisiones para hacer posteriormente ejercicios de inferencia, nos encontramos que ni el pensamiento intuitivo ni el deductivo ayudan a formarnos algunas señales. Buscar aclaraciones por medio de una evaluación lógica-formal de cada una de las disposiciones y/o resoluciones del Gobierno nacional es un experimento más inútil que un parabrisas en un submarino.
Pese a esto, la opción no es renunciar a la reflexión de lo que acontece ni mucho menos resignarse a no cavilar sobre el futuro por el estado deprimente en algunas cosas, inerte en otras y regresivo en tantas más. Por eso, pretendiendo hacer aproximaciones lógicas–interpretativas de los motivos que opera en el accionar del Gobierno nacional me pregunté: ¿ambicionan conservar el poder ad infinitum?, ¿quieren aniquilar el pasado y reescribir la historia?, ¿desean romper el récord mundial de errores y fracasos?, ¿los delirios refundacionales los cegó?, ¿aspiran a llevar el disgusto popular a escenarios sin precedentes?, ¿no saben respirar sin un modus vivendi del poder?, ¿buscan etiquetarse como ‘genuinos y auténticos’ en el modo de hacer las cosas?, ¿perdieron la conmiseración y la piedad? Quizás no sea ninguna de ellas, pero el ejercicio colabora un poco.
Lo que sí se nota con más claridad es que sus decisiones están convirtiendo la existencia del ciudadano en inhumana todos los días. Se aprecia que no hay ninguna bondad en sus propósitos. Se percibe que su sistema de gobierno está muy lejos de producir “la mayor suma de felicidad posible” que declaró el Libertador. Y por si fuera poco, ya no existe esa simpatía ni proximidades carismáticas, menos un fervor moral que mantenga ilusiones o ánimos de devoción que reconecten las esperanzas por la justicia social de un pasado reciente, porque han abandonado la lógica, el sentido común, se han puesto de espalda a la ciencia y ya la racionalidad no les importa. Aparentemente no se percataron que desde la época de la Ilustración del siglo XVIII, el mundo renunció a la superstición y a la magia para explicar por medio del intelecto, el método científico, el esfuerzo humano y la razón muchas cosas —o todas— que nos rodean.