Las bibliotecas poco cuidadas, ejemplo de lo cual –tengo que reconocerlo- es la mía, son una fuente de riqueza permanente, sobre todo en los momentos en que nos ofrecen el libro leído hace sopotocientos años, que nos agradó inmensamente y del cual, muchas veces no recordábamos ni el título. Tal cosa me sucedió con el texto “Erasmo de Rotterdam. Triunfo y Tragedia de un humanista”, de la autoría del escritor que iluminó el pasaje de mi infancia a la adolescencia.  En efecto, Stefan Zweig, perseguido por su condición de judío, fue una voz permanente de protesta contra las intervenciones bélicas de Alemania en el siglo XX. La obra de Erasmo comentada por Zweig se intitula “El Elogio a la Locura”, y es una sátira ágil de los valores vigentes en la época. Debe señalarse que a Erasmo le sucedió lo mismo que a Voltaire y a algunos otros escritores que, siendo autores de múltiples libros serios, los que resultan conocidos son sus obras más ligeras. Así sucedió con Voltaire y su “Cándido” y con Erasmo de Rotterdam con la que ha sido llamado un chispeante divertimento denominado, en el original, “Laus Stulticiae”. Se vale el autor de una exposición de Doña Estultitia, indiscutiblemente frívola, que hace una crítica profunda de la sociedad en la cual vivió. El texto comienza con la presentación del personaje aludido, quien desprecia los conceptos de su siglo, considerando que solo los que tienen visos de locura son los realmente cuerdos. Para Estulticia el motor de todo quehacer humano no son los juristas enrevesados ni los filósofos profundos, sino los grandes majaderos como Moliere. Es por eso que la obra se llama el “Elogio de la Stulticia”.  Si hablamos del autor, debemos señalar que Erasmo de Rotterdam, a través de su batallar, opera como un hombre justo y carente de prejuicios por considerar que la desgracia espiritual de la naturaleza humana es el fanatismo, con el cual, se destruye la templanza necesaria para vivir en paz. Es por lo anterior que intenta armonizar las contradicciones del espíritu humano, al punto que, para él, cualquier revolución violenta, cualquier tumulto, cualquier altercado multitudinario, contradice la diafanidad de la razón universal con la cual tenemos que estar comprometidos. Considera al efecto que la guerra es la forma más grosera y violenta de dirimir las contradicciones, y con ello es incompatible con el pensamiento racional. Trata así de mitigar los conflictos, intentando comprenderlos, distinguiendo lo que es diferente, simplificando lo confuso y entretejiendo nuevamente las rupturas.   Erasmo aparece como el unificador, en su propia persona, de las diferentes formas de creación: la Poesía, la Filología, la Teología y toda esfera conceptual en la cual estén presentes los principios altruistas, al punto que, no encuentra ninguna contradicción moral, insalvable entre Jesús y Sócrates; entre la doctrina cristiana y la sabiduría de la antigüedad.  Fue así como para Erasmo, el Renacimiento, con su exuberancia sensual, no era un enemigo de la reforma, sino su hermano. La lucha entre Erasmo y Lutero va a plantear todos los rasgos del humanista frente al apasionado fanatismo de su contendor y es por eso que vale la pena seguirlo en sus múltiples etapas para revalorar a este gran pensador del pasado que escribía para un mundo de paz.  Es por ello que, en este trozo del siglo XXI, en que las grandes potencias están exhibiendo, sin vergüenza alguna, sus terribles instrumentos de guerra, pensamos que es necesario que se renueve el “Elogio de la Estulticia”, para apagar el belicismo de unos Estados que, en su afán de dominio y poder, son capaces de retar a las fuerzas de la naturaleza, sin detenerse ante los daños irreparables que están destinados a destruirlas.