Era martes, ni te cases ni te embarques, ni de tu casa te apartes, pero ella tenía que apartarse un rato del hogar, porque los martes le toca a su número de cédula.
A las 5 de la mañana empujó el edredón de plumas que pretendía tentarla a quedarse acurrucada y saltó envolviéndose en una delicada bata de seda que le trajo Henry, ya no recuerda de dónde. Calzó sus zapatillas de moiré (también de seda), coronadas con plumas que jugaban en el aire y se dirigió a la cocina. En el pasillo, el espejo de marco dorado le dijo: “Madrugar no se sienta”. Bajo la puerta de la biblioteca, se colaba un tenue haz de luz.
“Tan trabajador, mira a las horas que está despierto”, se dijo. Abrió la puerta despacito para sorprenderlo con una sonrisa que terminó convertida en un desgañitado “¡Coñoooo!”. Otra vez la armadura del siglo XVI le sacaba el alma del cuerpo. No se acostumbraba a encontrarse con esa cosa allí parada. Henry no estaba, solo dejó la luz encendida “para joder al Gobierno”, le explicó la cocinera que le traía el desayuno listo porque había madrugado mucho antes que “la señora de la casa”.
Dejó sobre la bandeja las tostadas con Camembert, miel y nueces, apenas con un mordisquito, porque hay que cuidar la figura. Se puso su vestido azul celeste, ese con el que posó en la revista de Roland. Lo combinó con sus tacones y cartera Prada, con ese instinto que tiene para la moda, y bajó las escaleras con una elegante carrerita. Besó cariñosa a sus toy poodles, y se subió al carro que la esperaba en la puerta. “Al supermercado” -le ordenó a su chofer.
