La canciller colombiana, María Ángela Holguín, dijo recientemente a la prensa de su país y el nuestro que “no permitirá que los venezolanos mueran de hambre”, pero el Gobierno que representa no se ha ocupado en evitar la muerte de niños por hambre en la Guajira colombiana, que para febrero pasado ya eran 11.
Los medios nacionales y mundiales, con datos suministrados por la misma canciller, han destacado en bastardillas que un grupo de venezolanos han ido en masa a comprar comida cara en el vecino país, pero en Venezuela viven desde hace años, muchos años, más de 8 millones de colombianos que han huido del hambre, la guerra y sus malos gobiernos, pero eso no es noticia.
La señora canciller, al igual que los medios, se ha cuidado en no revelar en qué tipo de moneda los venezolanos hicieron mercado en la frontera entre su país y el nuestro, en la que, desde hace años, el bolívar viene siendo sometido a una guerra monetaria brutal y sin cuartel. ¿Ahora sí aceptan bolívares en Cúcuta? ¿O los compatriotas que se fueron de shopping llevaron dólares? ¿A cómo los compraron?, a los 660 y algo de la tasa Dicom o a los mil y algo del llamado Dólar Today, cuyo precio se calcula en bolívares, precisamente, a conveniencia de las casas de cambio de la frontera colombiana.
Seguramente usted sabe que Colombia es el único país del mundo que tiene dos políticas monetarias, una en Bogotá y otra en la frontera con Venezuela.
Lo que quizás aún no saben ni los mismos ciudadanos colombianos que ahora sueñan con la llegada definitiva de la paz, es que mientras el presidente Juan Manuel Santos y las Farc negociaban un acuerdo en La Habana, los cultivos ilícitos en ese país, de acuerdo con datos de las Naciones Unidas, aumentaron 39%. Las hectáreas sembradas pasaron de 69 mil a 96 mil de un producto que se vende en gramos y en dólares, principalmente, en los Estados Unidos.
Si se comparara la producción de café de Colombia con la de las plantas ilícitas, considerando que el café es su principal producto de importación, ¿cuál sería el impacto de éstas en el Producto Interno Bruto del vecino país? Intente no ver este asunto como un problema moral, aunque sea por un momento, y fíjese que mientras la guerra contra las drogas se libra en el vecino país, mientras allí los campesinos se tragan el glifosato, se destruye la biosfera en monocultivos de alta intensidad con abundante uso de pesticidas.
Mientras se pierde la vida de miles de colombianos en un negocio que por su naturaleza ilegal es altamente riesgoso y violento, los promotores de esa guerra, el Gobierno de los EE UU, apenas si padecen la resaca que les deja la trona.
Pero volvamos a Venezuela. A la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), los empresarios y comerciantes de oposición y a sus aliados internos y extranjeros, para convencer a los venezolanos de que el chavismo fracasó y no le queden más ganas a este bravo pueblo de andar haciendo revoluciones y menos en nombre del libertador Simón Bolívar, no se les ha ocurrido una idea mejor que colombianizarnos.
Pero no con el vallenato o la cumbia, no con realismo mágico de Gabriel García Márquez que es tan de ellos como nuestro. No con el encanto de las costeñas o el garbo de las cachacas, si no con lo que hace llorar y sangrar a Colombia.
Primero Justicia y los demás partidos de la MUD propusieron en su campaña electoral por ganar la Asamblea Nacional que querían un país dolarizado, pues ya lo tenemos. A fuerza de Dólar Today, con la retórica apocalíptica de un sector de los empresarios y sus economistas de bolsillo, legitimado por los medios, la economía venezolana se ha colombianizado, es decir, se ha dolarizado, pero con el dólar de Cúcuta, no con el que estima el Banco de la República en Bogotá.
Ahora que hasta el gobierno de los EE UU quiere que haya diálogo en Venezuela y que no hay un solo gobierno del hemisferio que, para bien o para mal, no esté pendiente de lo que nos pase a nosotros —¡así será el tamaño de la crisis continental!— Henry Ramos Allup y Enrique Capriles han tenido que guardarse las lenguas y aceptar las órdenes de sus ventrílocuos.
Si de verdad hay intención de alcanzar acuerdos —más allá de lo que convenga al Gobierno o a la oposición— con base a lo que conviene a los venezolanos en su mayoría, el primer punto de la agenda de diálogo debe ser ¿cuál es el precio real del dólar en bolívares? Para que por lo menos le bajemos dos a la inflación.
El problema con el hambre no sólo es que da todos los días y varias veces al día, sino que, como cantaba Alí Primera, “el que llena la barriga se olvida del que no come”.