Opinión

En opinión: Al amigo Nerio Fuenmayor

Era el 28 de Octubre de 1940, cuando Luis Emiro Fuenmayor, el viejo alfarero de Cañada Honda, sector aledaño a la otrora urbe de Maracaibo,  celebraba con sus amigos Aramis Montiel y Rafael Zuleta el nacimiento de uno de sus numerosos hijos. ¡Inés Bravo me dio un hijo varón!– manifestó parcamente a sus inseparables amigos—. Ella quiso llamarlo Nerio y yo por segundo nombre le agregué Luis, como el mío, dijo a sus compañeros sin dar cuenta si se trataba de su hijo número dieciocho o veinte. Pero el nacimiento de su nuevo vástago le enorgulleció enormemente convencido de que junto a su otro hijo Eduardo, que procreara igualmente con Inés Bravo, perpetuaba la especie. Eran tiempos en que el amor del hombre llegaba hacia la mujer sin mayor entrega viendo simplemente en la unión de la pareja la siembra de una vida. 

Cuando en los primeros años Nerio Luis se desprendió de los brazos de su progenitora, su padre pudo verlo correr libremente por las polvorientas calles del callejón La Conquista en Sabaneta: Le sorprendían las travesuras y el comportamiento inquieto de su pequeño hijo y, sobre todo, la actitud vivaz con la cual éste se imponía ante sus compañeritos de juego, algunos de mayor edad y contextura física. El viejo alfarero, quien más allá de su escasa instrucción deslumbrara a sus amigos con su intuitiva capacidad creadora y su incansable voluntad de trabajo, vio muy pronto en la juventud de su hijo Nerio la continuidad de su audacia y de su experiencia de hombre de negocios y,  ahí  no dudó en incentivarle la vocación por los asuntos contables que su peregrina actividad comercial requería.

Depositar en un “llevador de libros” la seguridad de todo cuanto estaba ganando y de todo cuanto estaba perdiendo, constituía una necesidad insuperable para el viejo patriarca, en aquella época en que la materia contable no había alcanzado acreditación universitaria y los estudios eran impartidos en escuelas privadas una vez concluida la instrucción primaria. Nerio apercibió la orientación de su padre y rápidamente se convenció que si aprendía también a hablar inglés nada más era necesario para completar la formación a la cual aspiraba.

Así fue como a la edad de diez y siete años viajó a la isla de Jamaica donde dio comienzo a su programa de vida y permaneció en ella algo más de un año hasta que luego dispuso residenciarse en New York, sabiendo que solo bajo su propio esfuerzo podía labrar un futuro distinto al que su padre había brindado a sus otros  hermanos. Estando ya en la pujante ciudad de los Estados Unidos procuró su sustento como office boy en una acreditada firma de abogados e inició al mismo tiempo los estudios contables y administrativos, a nivel medio, como correspondía a su grado de instrucción.        

A principio de los años sesenta, habiendo adquirido la mayor edad, decidió regresar a Venezuela y reencontrarse con los suyos.  A pesar de que la estancia en el extranjero no le permitió obtener una acreditación académica formal, sin embargo le proporcionó una visión profunda del panorama de los negocios y lo dotó del espíritu resoluto y decidido propio del hombre cosmopolita. Era el momento en que Venezuela se había sacudido de la  dictadura militar imperante durante diez años, y que la naciente democracia se proponía sustituir por un régimen de libertades y de participación popular abierta al desarrollo integral, político, social y económico de la nación. La expansión de las universidades a todas las profesiones académicas y el reconocimiento de los derechos económicos y sociales a modo de garantías constitucionales,  hacía de Venezuela un país de oportunidades.

En esa línea de pensamiento regresó al país el hijo de Luis Emiro. Traía consigo una oferta de trabajo para la empresa Pinco Phitsburg en la región central,  pero una vez que el avión toco pista en el antiguo aeropuerto de Grano de Oro y sintió el calor del suelo marabino, se disuadió de la tentadora oferta y, sin mayor deliberación, acudió presuroso a asumir el cargo de administrador de la “Alfarería Unión”, empresa constituida por su padre y los socios Aramis Montiel y Rafael Zuleta, cargo que su padre le tenía reservado.

La presencia del joven Nerio Fuenmayor en aquella empresa –conducida a tientas bajo la empírica mentalidad de los tres viejos alfareros– significó un cambio trascendental en su sistema organizacional con ocasión de la implementación de nuevas normas sobre producción y productividad, la aplicación de principios generales contables sobre control de egresos e ingresos, inventarios, gastos e inversiones y  organización de personal, haciendo que el rendimiento y utilidad del negocio se incrementara hasta alcanzar el rendimiento adecuado a la inversión. La transformación organizativa de “Alfarería Unión C.A.” resultó de tal manera apreciable que nuestro recordado Dr. Jesús Santiago Rodríguez, asesor jurídico de la empresa,  al referirse al joven Nerio Fuenmayor, decía: “Ese muchacho es el Luis Aparicio de la Compañía”, asimilando con dicha expresión la actividad organizacional y administrativa desplegada por aquél con el éxito espectacular del joven Aparicio en las ligas mayores, todo bajo el influjo de la fervorosa afición del Dr. Rodríguez por el base ball.

Pero la proactiva vocación empresarial de Nerio Fuenmayor no podía quedar enclaustrada en la  reducida dimensión comercial de la “Alfarería Unión”. Le animaba la inquietud de redimensionar la actividad alfarera de la región y acometió entonces lo necesario para estimular a su padre y hacerlo participar en el proyecto que el Ing. Guilio Galleti Pela tenía en mente con el fin de  conformar una empresa alfarera con capacidad para atender la demanda de productos de arcilla en todo el territorio de la región zuliana.

Junto a los dos promotores, Nerio Fuenmayor integró la trípode a cuyo cargo estuvo la ejecución del nuevo proyecto que culminó el 12 de Diciembre de 1.969 con la puesta en marcha de “Alfarería y Cerámicas del Caribe C.A” (ALCARIBE), una planta moderna, de tecnología italiana, con capacidad para abastecer la demanda del producto en el estado Zulia. La nueva planta industrial, en la cual participaran otros socios minoritarios, se presentaba en el momento como la más grande y moderna planta alfarera en América Latina. Fue presidida originalmente por el Ing. Guilio Galleti Pela, hasta cuatro años más tarde (1973) en que el competente Ingeniero italiano hizo entrega de la Presidencia a Nerio Fuenmayor. La regia experiencia del Ingeniero Galletti en la industria alfarera, más su elevada competencia gerencial adquirida en su país de origen, significaron para Nerio Fuenmayor la más expedita lección de formación gerencial en el ámbito de la actividad práctica, como el mismo lo reconoció en distintas ocasiones.

La confianza de Luis Emiro Fuenmayor y sus socios en las iniciativas del joven Nerio Fuenmayor se fue acrecentando cada vez más, al punto de llevarlos a diversificar la actividad alfarera a la cual hasta el momento se habían dedicado. Surgió entonces la idea de crear una empresa constructora para la ejecución de planes de viviendas unifamiliares y multifamiliares  destinadas a personas de clase media y de bajos recursos. La empresa fue promovida por él en sociedad con su padre, Aramis Montiel y Rafael Zuleta e inició operaciones bajo la denominación de “Construcciones Unión S.A.” (CUSA). La actividad desplegada en el ramo de la construcción por dicha empresa adquirió extraordinario valor y se ubicó como empresa pionera de los procesos de construcción masiva de viviendas por parte del sector privado, proceso que la banca hipotecaria auspiciara mediante programas de créditos al comprador financiados a veinte años y cuyas cuotas iniciales eran financiadas a largo plazo por la misma empresa constructora. Empero, el auge extraordinario que la industria de la construcción adquirió en aquél tiempo comenzó a debilitarse en los últimos años de 1.970, y la contracción de la actividad financiera de la banca hipotecaria se presentó de una vez, en momentos en que CUSA emprendía la ejecución de catorce edificios de apartamentos, al mismo tiempo, como parte de las urbanizaciones Las Lomas y La Florida fundadas por ella.

El colapso sobrevino apresuradamente y la empresa se vio obligada a honrar sus compromisos y cerrar operaciones, ante la mirada amarga del joven empresario que veía caer ante sus ojos lo que por muchos años fue una actividad prospera y de gran impacto social. Sin embargo, este aciago incidente no amilanó de ningún modo la actitud desafiante que siempre alentó el alma del joven empresario en presencia de cualquier dificultad. Se sentía con  iniciativa,  competencia, responsabilidad y una férrea voluntad que lo habilitaba para continuar nuevos planes de inversión.

Debía solamente esperar y concentrar su actividad en la planta alfarera que para el momento había pasado a ser de su exclusiva propiedad. Justamente, al poco tiempo recibió la invitación de un grupo de empresarios zulianos interesados en el proyecto de construcción de una planta de cemento en la región y de inmediato él se incorporó al grupo  presidido por el industrial Esteban Pineda Belloso –joven emprendedor y pujante capitán de empresas– y ambos unieron los esfuerzos y experiencias que motorizaron el ambicioso proyecto que vino a romper el monopolio que sobre el mercado cementero nacional ejercía una sola organización empresarial.

El proyecto fue realizado en el tiempo previsto y la empresa “Cementos Catatumbo C.A.” comenzó  sus operaciones en el año 1980 bajo la Presidencia de Esteban Pineda Belloso y la vicepresidencia de Nerio Fuenmayor. Dicho proyecto, vale decir, sigue siendo la iniciativa de mayor envergadura industrial realizada en los últimos cincuenta años por el sector privado en el Estado Zulia.      

A escasos dos meses del fallecimiento de Nerio Fuenmayor, no sería justo para quien escribe estas líneas, pasar por alto los rasgos que patentizan la personalidad de quien fuera su entrañable amigo. En verdad, el crecimiento y desarrollo personal de Nerio Fuenmayor estuvo siempre consustanciado con la vida misma de su actividad empresarial. Meticuloso en el análisis y despierto todo el tiempo, vigilaba con atención esmerada el  diario desenvolvimiento de cada una de las empresas y negocios de los cuales era parte. Confiaba en su  magnífico poder de decisión que por sí mismo ejercía, sin el apoyo de nadie, cuando se trataba de asuntos personales y de familia.

Por el contrario, cuando se trataba de otros asuntos, prefería escuchar a los demás aunque a veces se le viera, apresurado, emitiendo una opinión anticipada. Sin embargo, tal conducta, a su juicio, no lo hacía aparecer caprichoso, pues, pensaba que aun cuando su predicción resultara improbable, servía como mecanismo de alerta a todos los responsables de mantener las cosas libre de riesgos y de circunstancias imprevistas. Otras veces, cuando abrigaba dudas sobre un problema, prefería reservar su opinión y no dudaba en confesar: “¡No estoy claro. Vamos a pensarlo mejor!, todo lo cual daba  muestra de su buen juicio y de un gran sentido de prevención. En ningún momento fue dado en delegar a otros su propia responsabilidad, mientras que resultaba estricto y riguroso cuando reclamaba a sus subalternos el cumplimiento de su respectivo deber. Sabía de su memoria cabal y confiaba en ella, pero en los asuntos que consideraba importantes tomaba nota y precisaba los detalles en forma de minuta que guardaba celosamente en fe de lo acordado o resuelto.       

En su vida personal actuó siempre sin temor a la sociedad haciendo planes con su propia vida independientemente de la vida de los demás. Presumía haberse hecho solo y haber crecido con ideas propias y no ajenas, quizás porque provino de un hogar donde la unión permanente y diuturna de sus padres nunca estuvo presente, a cuya causa no recibió la fuente afectiva que  dentro de una familia organizada moldea la personalidad infantil a base de principios y valores comunes. Nerio Fuenmayor es la historia de un niño hecho a su modo que más allá de su modesta extracción familiar supo administrar su destino sin dejarse llevar hacia los lugares comunes del montón; que se empeño en aparecer diferente y comportarse de manera culta, respetuosa, diligente y con la actitud propia de todo buen ciudadano; que no concibió diferencias entre elites y pudo desenvolverse sin complejos ni prejuicios tanto en las grandes esferas sociales como en las de menor rango, ya que en ningún momento estuvo presto a acatar convencionalismo sociales, rigurosamente, sino en la medida que su conducta pudiera afectar el derecho ajeno.  Bajo su particular estilo de vida, vivió la vida intensamente, y disfrutó plenamente su juventud tal como si no hubiese tenido tiempo para sentirse viejo. 

Su elevado concepto de la amistad descansaba en cuatro valores fundamentales: Afecto, respeto, confianza y tolerancia. La ofrecía a sus amigos con desinterés y sin ánimo utilitario y, como tal, solo reconoció  como amigos a aquellos capaces de garantizarle dichas exigencias con igual reciprocidad.

 Bajo dichas condiciones se le vio compartir asiduamente su amistad con dos amigos de su preferencia: Honorio Castejón Sandoval y José Trinidad Martínez,  de quienes solía decir –en tono jocoso y de mucha gracia— “Honorio es mi conciencia jurídica y ve de mis negocios; mientras que J.T es mi conciencia médica y cuida de mi salud”. Y fue así como la inquebrantable amistad entre los tres personajes  se mantuvo por más de cincuenta años hasta la muerte de aquél hombre que entregó su virginal talento y su maravilloso espíritu de trabajo, más a la tarea de sentirse útil que a la pretensión de sentirse importante.  A toda dicha experiencia añadió su recto proceder y su afición por las causas justas, con cuyas cualidades llamó la atención de muchos que vieron en él aptitudes de buen conciliador, amigable componedor, ascendencia e imparcialidad suficiente para acercar a las partes en problemas y conflictos y zanjar sus diferencias lejos de formas y concepciones jurídicas, gracias a cuyos consejos y recomendaciones muchas controversias enconadas terminaron sin enojosas consecuencias.   

En el desfile de los hombres del Maracaibo de hoy, cuya generación es llamada a integrar la historia de la capital zuliana a partir del advenimiento de la democracia en 1.958, la silueta de Nerio Fuenmayor ha de ocupar una de sus páginas; la historia que habrá de resaltar, de un lado, su emprendimiento empresarial y su incansable voluntad creadora y, de otro, sus vivencias, su ponderación y, especialmente, su coraje para afrontar las vicisitudes de la vida sin el más mínimo lamento, incluso ante la muerte, a cuya cita concurrió, sin temor, el día la en que la muerte quiso.  Por todo esto y, lo que no se ha dicho, la posteridad del amigo Nerio Fuenmayor deja un extraordinario legado digno de ser seguido por sus hijos, como una antorcha lucida que no se apaga nunca. Como dijo José Ingenieros: “¡Cada generación abre las alas donde la ha cerrado la anterior, para volar más lejos, siempre más¡”.        

                       

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