Opinión

En la piel de… En la casa de los barí

Quisiera decir que estuve en una comunidad con indígenas en guayuco, con caras pintadas, internados en una caverna de vegetación espesa, impenetrable por la civilización. Pero no fue así.

Estuve durante 50 horas en Campo Rosario, un poblado fronterizo de indígenas barí que queda en el municipio Jesús María Semprún, estado Zulia. A cinco horas de Maracaibo y a media hora de Colombia. En la punta del extremo oeste de Venezuela.

Allí, los nativos no tienen la particularidad de estar aislados ni desnudos, pero son singulares por estar concentrados alrededor del cerco de una industria petrolera, donde ven con desparpajo al hombre blanco y mestizo haciéndose rico con sus tierras.

Tras cinco horas de recorrido por la Machiques -Colón, llego a una intersección con movimiento de venezolanos y colombianos en un libre intercambio de contrabando: El Cruce. A la izquierda, un camino serpenteante es bordeado por cultivos de palmas aceiteras. Doce kilómetros adentro está la explanada de asfalto triturado por años de sol, una pista de aterrizaje de la Shell (1920) para los gringos que venían a buscar el tesoro negro.

En una orilla de la pista hay chozas. En la otra, una línea con 20 casitas de bloque que construyó, en 1999, el Instituto de Desarrollo Social de la Gobernación, dejando fuera a 44 familias. Al finalizar la pista, emerge un trío de tanques de petróleo encerrados en una malla de ciclón.

Para convivir con ellos me despojo de atavíos, cosméticos y espejos que tanto me gustan. Me visto de sencillez y no me reconozco. Estoy disfrazada.

Así voy en busca del primer cacique, a quien espero encontrar sentado bajo una mata. Pregunto en su casa y su cuñada Fabiola Codacey me ubica: “Debe estar en su oficina”.

Sorprendida llego a una de bloque frisado, toda pintada de blanco y con aire acondicionado. En la puerta, un cartel dice: “Comunidad Arrutatakae”, que significa palma real, denominación que dieron al caserío, en rechazo al nombre de campamento petrolero impuesto por los blancos.

Antonio Sagostace, segundo cacique, me da esa explicación al recibirme dentro de una cápsula alejada de la realidad exterior. Le propongo convivir con el pueblo por unos días y Sagostace, un hombre de 48 años, pómulos salientes y una boca que parece hecha con forma de sonrisa, deja la decisión a Saúl Ayou, el primer cacique.

En unos minutos llega Saúl, un hombre 10 años menor que Sagostace, rostro lleno, cabello erizo y sonrisa difícil. No entiendo cómo un hombre tan joven lidera la comunidad y él mismo me explica: “Antes, los viejos eran los caciques. Ahora es por votación. Fui el primero en votos y Antonio, estuvo en segundo lugar, por eso es el segundo cacique”.

Sobre la posibilidad de quedarme se rehúsa: “Hay demasiado calor, plaga y está dando dengue. En las chozas vive mucha gente, con un chinchorro más se viene el rancho encima”.

“Por el calor no se preocupe, vengo de una tierra caliente. Para la plaga me aplico insecticida y, si es posible, duermo en el suelo” —Insistí—.

Me refuta: “El insecticida no le hace a la plaga de aquí y si duerme en el suelo le puede morder una culebra o un ciempiés. Voy a llamar a unas muchachas a ver si pueden acompañarte, traducirte y además dormir en su casa”.

Las jóvenes de su confianza comienzan a desfilar por la oficina y entablan con él una conversación en barí, para excluirme del entendimiento. Ninguna acepta. El cacique asume mi acompañamiento y estadía.

Es más del mediodía y Ayou, siendo el cacique, no tiene garantía de comida. Me lleva a un rancho de palma que precede a su casa de bloques, es la vivienda de su hermano Héctor. Murmulla en barí con su cuñada. El tiempo pasa, mi estómago grita y él entra a su casa a hablar del mismo modo con su hija mayor. Tras una hora, pregunta resignado: “¿Vos coméis poquito?” Advierte que la ración no es copiosa.

En un plato de peltre me sirve arroz y dos presas de carne guisada. Él sólo tiene una presa. Entiendo que ha compartido su almuerzo conmigo. Devoro la carne excesivamente blanda y pregunto: ¿Qué es? Mona —responde—. Agradezco no saber antes de desaparecerla del plato y reconozco: “Estaba muy buena”.

Sus alimentos típicos son animales de monte, porque la etnia es cazadora por tradición ancestral.

“Antes cazábamos con arco y flecha. Ahora, también con escopeta. Comemos picure, lapa, cachicamo, tortuga, paloma y que ya no se encuentran. Entonces comemos lo mismo que un blanco: arepas o espaguetis y así no llegamos a viejos como antes”.

El único hombre centenario es Alfonso Kaseshimba. Tiene 110 años y aparenta 80. Es el shamán. Mago de las hierbas que mastica y escupe en el lugar de la dolencia de sus paisanos. Sus conocimientos son tan valorados, que en la escuela de Campo Rosario es obligado escuchar todos los días una hora de sus clases de historia.

En una de las aulas me siento a verlo dibujar un animal que ocupa toda la pizarra. María Yanet, una muchacha de la comunidad, traduce: “El hipopótamo vive en el agua y Sabaceba (Dios barí) le da comida. Pero se come a los que se juntan con sadoyi (parientes)”. Los niños aprenden así, lo que les espera si se enamoran de un familiar.

Cerca de esa aula, Héctor Ayou trabaja como obrero en la construcción de otros salones, a pesar de ser uno de los más cultos de la comunidad. Hizo estudios católicos en Colombia para ser agente pastoral comunitario y convivió con los abuelos de las 17 comunidades barí del Zulia.

Héctor argumenta la valentía de los ancestros de Campo Rosario al referir que antes de la llegada de los españoles estaban ubicados por todo el Sur del Lago, en torno a los ríos Zulia y Catatumbo. Tras la invasión, muchos huyeron a la Sierra de Perijá. Pero ellos se quedaron en la sabana, respondiendo con arco y flecha a los conquistadores primero, a la electricidad de las compañías petroleras después y luego, a las balas malditas de los hacendados. “Muchas historias sangrientas se escuchan. En Machiques, cuentan los indígenas, que los hacendados llegaron a pagar cinco bolívares por una oreja barí. Y decenas de orejas ensartadas en alambre se veían en los patios de sus casas”.

Cae la noche y Héctor me habla de historia en la cápsula, mientras su esposa hace la cena: el mismo arroz y dos presas de carne negra con huesos filosos. Nuevamente el primer cacique me concede parte de su comida. Tiene una sola presa. ¿Qué es? Yaguasa, un pato de ciénaga. El hambre basta para comer a tragos gruesos, sin saborear.

La casa de Saúl es una de las pocas con ducha y sanitario que desagua en pozo séptico. Quienes moran en ranchos como el de Héctor, donde yo duermo, usan un baño colectivo, una especie de pared, sin techo, que se enrrolla para formar un espiral donde se entra sin posibilidad de que nadie vea. Es como entrar al caparazón resbaloso y apretado de un caracol, con las paredes internas renegridas por el moho. Dentro, un tubo trae agua del suelo, el suelo donde, a pocos metros, están los pozos sépticos. El calor es tal, que al salir del caracol el cuerpo está más lavado por el sudor que por el agua.

Tras la ducha llego a la choza de Héctor a las 8:00 de la noche, hora en que el pueblo entero duerme. Pero en casa de los Ayou comienza la angustia. Héctor y Saúl van y vienen en busca de un chinchorro para mí. En su lengua, Fabiola pelea con Anañira, una de las hijas menores de Saúl que se retuerce de rabia porque le quitan su chinchorro para la visita. Va a dormir hacinada en la casa de bloque, con sus nueve hermanos.

La choza de Héctor no tiene dentro divisiones de paredes. El techo de paja púa, es apetitoso para muchos insectos. En una esquina, la cama matrimonial se esconde tras una cortina, es el lecho de los esposos. Las paredes de lata exhalan de noche la insolación del día y en ellas, repisas de madera sostienen la ropa y enseres.

Un solo bombillo, da ambiente de cueva. Al apagarlo el silencio más puro deja escuchar con ecos hasta la caída de una hoja de paja. Zancudos, mosquitos y jejenes comienzan su sinfonía de zumbidos en mis orejas. Pican cada centímetro de piel. Me envuelvo como una oruga en el chinchorro, pero de nada vale.

A las 9:00 de la noche se inicia una procesión de ratas por los horcones y el suelo. Todos duermen menos yo. Veo cómo los roedores trepan las cuerdas de mi hamaca, se tiran al piso, chillan, suben las repisas y lanzan la ropa, ollas y tazas. Entiendo por qué Héctor duerme con una linterna en la mano. Cuando tumban todo, las alumbra. Se esconden. Apaga la linterna y vuelven a adueñarse de la oscuridad. Otro ruido se suma: las latas retumban. Un perro callejero se calma el picor de las pulgas recostado al rancho. No duermo ni en la fracción de un segundo. Comprendo por qué los pobladores piden al Gobierno, casas de bloque. ¡Es urgente!

La tranquilidad llega a las 2:00 de la mañana, cuando dispongo salir a ordeñar. Héctor se levanta conmigo para abrir la casa. Le digo: necesito ir al baño. Nosotros usamos el monte —responde—. Me meto entre las sombras de las matas y agachada contemplo un cielo negro más desnudo que yo, sin su abrigo de nubes, me deja ver todas sus constelaciones.

Saúl enciende el camión 350 de la comunidad, me monto como copiloto y a la plancha sube Jaime Abisoura, un barí delgado que vive diagonal al primer cacique. Por caminos de tierra llegamos a la vaquera. Hay 10 vacas lecheras adquiridas por asistencia agraria de Baripetrol, la empresa petrolera instalada en sus tierras.

Jaime saca el ganado. Toma por el cuello a un becerro para que dé un solo chupito en la teta de la madre. Luego lo aparta con crueldad, lo amarra a las patas traseras de la vaca para que vea mientras roba su alimento. Saca chorros de leche firmes que parecen perforar el balde, y dice: “Aunque perdamos un poco, dejo leche a los becerros, porque es de ellos”. Habla con cantado acento colombiano porque trabaja en materas de la zona, donde abundan obreros del otro lado de la frontera. Junto con Jaime, Enrique Abigdú, también pastorea. Es famoso por tener dos esposas que son hermanas.

Los barí son monógamos por principio, pero desde la época antigua se permite la poligamia en dos circunstancias: Cuando la primera esposa sea estéril y, sin repudiarla, se busque una segunda para cumplir la función procreadora. Y tal es el caso de Enrique. O cuando el hombre casado muere y la viuda es acogida por un hermano del fallecido, que ya está casado. En ambos casos no hay primera o segunda. Ambas tienen igual importancia.

El primer cacique me da esa explicación, pero me aclara que tener dos mujeres es cada vez más escaso: “Antes no nos vestíamos y era más fácil construir una casa. Ahora hay que vestir a la mujer y a los hijos, buscarle casa y alimento. Es más difícil”.

De regreso paramos en casa de Jaime, todavía el cielo está negro. Son apenas las 4:00 de la mañana. El tiempo en Campo Rosario va muy lento. A esa hora se ve cómo en lo alto del cielo se abre un chorro de humo blanco, oloroso a metano y crudo. Viene de los tanques y piscinas de petróleo que están detrás del ciclón, donde se separa al petróleo del agua que trae desde el vientre de la tierra. Ese olor se mezcla con el perfume del café y las arepas fritas. Las amas de casa están despiertas.

A las 6:00 de la mañana, algunos niños van a la escuela Campo Rosario, los persigo y encuentro a las cocineras prendiendo el fogón para hervir la carne del almuerzo. Otras amasan arepas para un batallón de 300 niños. Las ayudo a mirarlas en el budare.

Luego de cantar el himno nacional, a las 7:00 de la mañana, la fila de niños aguarda el desayuno: una arepa, un huevo cocido y jugo de melón. Todos se devuelven por una pizca de sal para aderezar el huevo. Pasa media hora y la comida se acabó, pero los niños no. ¡A correr! A Maritza Abiadog, coordinadora del comedor, no se le ven las manos cuando amasa, sus compañeras pellizcan la mezcla y forman torres de arepa. Los huevos se acabaron. Complementan con mayonesa.

Frente a la escuela está el nuevo ambulatorio. Construido, equipado e inaugurado con gran pompa por Baripetrol, el 12 de octubre del año pasado, Día de la Resistencia Indígena. Desde entonces, nunca abrió. No hay médico para tan apartado pueblo.

A medio kilómetro está el ambulatorio viejo dotado por la Gobernación. Ahí trabaja Bernardita Akirouoda, enfermera por insistencia de las monjas misioneras que la criaron. Sólo ella tiene nociones básicas de medicina y cuenta lo insólito: Tienen dos comedores y actualmente hay cinco niños con desnutrición.

Al lado del ambulatorio está el comedor popular creado por el Gobierno nacional. Mayela Méndez, una barí de 25 años, es la encargada de la cocina, un cuarto con una sola ventana, techo de zinc bajo y bloques vestidos de manteca y carbón de fogón. Allí hierven más las cocineras que los alimentos. Se da el almuerzo y la cena a 150 personas, dándole prioridad a niños, embarazadas y abuelos. Pero en realidad, casi todo el pueblo come allí.

A las 2:00 de la tarde las ayudo a preparar la cena: plátano verde cocido. Ya a las 4:00 de la tarde llega una romería de niños con tazas y botellas plásticas para buscar su ración, la de sus padres, hermanos, y parientes. Servimos una mitad de plátano y una cucharada de mantequilla y leche. Los últimos quedan sin comida.

Al terminar de despachar, salgo a recorrer el pueblo y me paro en una de las casas de bloque donde la puerta está tan abierta como la disposición de la mujer que aguarda dentro, sentada en el piso limpio. Rubia Asobarei, una abuela que saluda con su amplia sonrisa de un solo diente. Tiene 65 años y pasa sus días ensimismada en las estrellas de bejuco que teje formando sus cestas. Tiene 10 hijos, pero ninguno aprovecha su experiencia en la cestería. Sólo dos pericos la acompañan.

Le pido que me enseñe y me orden mirar. Le comento que me duele la cabeza y con las mismas semillas de achote con las que colorea las fibras de sus canastas, pinta una algarabía roja en toda mi cara y ruega a Sabaceba que me alivie. En barí perfecto y muchas señas, se señala los ojos, la cabellera despeinada, la palma de sus manos y se toca el pecho. Llamo a una nieta, María Yanet, experta en traducir el barí de los viejos, y me transmite: “Primero se aprende viendo. Luego, con la cabeza y después con las manos, haciendo. Por último, con el corazón. Si te gusta, lo haces con el corazón”.

Cae la noche y le informo a Rubia que regresaré al otro día para verla por última vez y parto a casa de Héctor.

Al mañana siguiente, me levanto a las 6:00 para pasar por los comedores y despedirme. Las muchachas que el primer día se negaron a acompañarme, preguntan: “¿Cuándo vuelves?”.

De última dejo a Rubia, a quien aparto para preguntarle el secreto de la subsistencia de los barí: “No molestamos a nadie. Recibimos con una sonrisa a los blancos y mestizos a pesar de lo que nos han hecho por años. No sentimos odio”. Al traducir, María Yanet me mira y la miramos a ella. Rompemos el silencio con carcajadas que espantan a los pericos y Rubia susurra: “Estamos hechos de resistencia”.  

Síguenos

Comentarios

Inicia sesión para unirte a la conversación.

Cargando comentarios…

Más en Opinión