Recientemente, a raíz de un escrito fui increpada, a través de twitter, por una dama que me emplazó y conminó a lo que ella denomina “tomar posición”. Suerte de intimidación que exige el cumplimiento de una obligación moral y política que se profundiza en el país, la polarización.
Se desprende de tal increpación una valoración en torno a la radicalización, en desmedro de las voces que se oponen y denuncian la lógica polarizante que pretende hegemonizar cultural y políticamente la sociedad venezolana. Naturalizada la confrontación, el país se convierte en un territorio en situación de conflicto permanente que, curiosamente, le brinda forma y sentido a la comunicación y la convivencia.
Ocurre una interacción dinámica entre las dos fuerzas polarizantes que, “sin querer queriendo”, se observan, se miden y se relacionan. Polos opuestos de una polaridad, fuerzas energizantes de carácter simbólico, psicológico, semiótico y político en constante tensión y distensión que se influyen mutuamente en una necesaria complementación.
Pareciera que el hilo conductor que nos vincula son las dos narrativas que se confrontan en el país y que ofrecen justificaciones contradictorias de la legitimidad política y de su sustento ético. Dos planteamientos, dos versiones, complementarias y “verdaderas” de cómo debemos entender la política, la economía, la cultura, las relaciones sociales y la convivencia.