La inmensa mayoría del pueblo venezolano ha desarrollado una gran capacidad de paciencia, conciencia, organización y lucha. En medio de grandes dificultades, preserva su alegre y bondadosa espiritualidad, hace de tripas corazón para aguantar las consecuencias de este prolongado conflicto político y económico. Sin embargo, no podemos negar que algunos sectores de la población se han llenado de desesperanza, frustración e incluso odio. Ambas conductas hay que comprenderlas en su justa dimensión, para no errar en las decisiones que como dirigentes tenemos que tomar.
Como lo decía nuestro Libertador Simón Bolívar, confiemos en el pueblo que nos ha dado muestras irrefragables de buen tino, la última de ellas el pasado 30 de julio con la elección de los y las constituyentes. Una dirigencia política debe tener la sabiduría de poner oído en tierra y escuchar, recordando los temblores recientes, las vibraciones telúricas del poder popular.
Hay que romper dogmatismos y con los falsos supuestos de «¿qué dirá el pueblo si hacemos esto?», «¿Cómo le explicamos al pueblo tal cosa?». Tras estas frases se escudan, quienes no tienen argumentos para justificar sus propias convicciones o intereses, que de manera vanguardista intentan imponerle a toda la sociedad.
Hay que confiar en la sabiduría popular. Yo percibo en la calle, puedo estar equivocado en mi percepción, que la mayoría del pueblo está convencido de que Venezuela necesita un proceso de reconciliación, sin renunciar a la dignidad y a lo bueno que hemos construido, y que hemos logrado en estos años de Revolución Bolivariana y Socialista.
