La orfandad de liderazgo del antichavismo se evidencia en la fugacidad de sus líderes. Pasan del fervoroso “Flaco bello, te amo” al desprecio y, finalmente, al olvido.
Líderes prefabricados por la mediática, como cantantes pop de Emilio Estefan, una pose, una foto, una frase hecha, mucha producción para llenar un evidente vacío de talento, saturando los medios para que la cosa cuaje, como cuajan esos reguetones insoportables que uno nunca escuchó voluntariamente pero que terminó cantando, sin querer, porque des-pa-ci-to, te lo metieron hasta en la sopa.
Uno de los casos más dramáticos es el de Capriles, el otrora flaco bello. El gafo del salón que quisieron vendernos como la brillante alternativa a Chávez. Y hubo quien se lo tragó, pero nadie se lo tragó tanto como el mismísimo Flaco, que hasta el día de hoy no ha entendido por qué termino así, descargando su arrechera, tirándole puyas a Leopoldo desde una solitaria transmisión por Periscope.
Leopoldo es otro: “El Mandela venezolano” lo bautizaron los hacedores de liderazgos de papel, barriendo bajo la alfombra la afinidad de Mandela con el comunismo, con Fidel, con Gadafi… con todo lo que tanto odian. Tranquilos, que la gente pensante no se da cuenta de esas cositas.
