La carrera en el juego eterno por el poder avanza inagotable. No hay tregua y en los tiempos de fuerte confrontación se usan todas las armas de guerra. Morales e inmorales. Porque la lucha por el poder alucina y seduce. Enceguece. Sin embargo, la política debe tener un mínimo código moral y ético. Lo exige la civilidad y la cultura de la conveniencia colectiva. En otras palabras, el bien o la felicidad, tal como lo consideraba Aristóteles: “Toda acción humana se realiza en vista de un fin y el fin de la acción es el bien que se busca”. Mientras, la ética de Kant le da valor a la manera de actuar. Ósea… por deber. “Una acción hecha por deber tiene su valor moral”. Los actores políticos tienen la obligación de poseer una conducta pública y privada, que sea ejemplo de honorabilidad y decencia.
Ellos son el retrato de la sociedad. Un paneo por América Latina nos indica que la corrupción evoluciona vertiginosamente. Altos empleados de gobierno, candidatos, partidos, dirigentes y presidentes han estado implicados por blanqueo de dinero, financiamiento ilegal y desviación de capitales. Según Transparencia Internacional, Venezuela ocupa los primeros lugares entre los países más corruptos. Se ve su presencia desde los niveles más bajos hasta los más altos. Se ejerce arbitrariamente en las cajas CLAP, juntas comunales y servicios públicos, como el gas, electricidad, teléfonos, gasolina, migración e identificación, etc. Le siguen Perú, Brasil, Chile, Panamá, México y Colombia. Siete de cada diez latinoamericanos percibe que todo político es corrupto.
En la actividad política campea la improvisación de dirigentes en cuadros medios y altos, que se enrolan en partidos de forma improvisada y libertina. Ya no hay doctrina ni códigos éticos. Militancia producto de actos emocionales y donde el interés o beneficio personal ostenta su principal justificación. Aun cuando en doctrina, la política es considerada la más humana y dignificante actividad, cuyos ideales contienen preceptos y objetivos para impulsar el desarrollo integral de la patria. Una clásica definición de la política nos enseña que es el arte de gobernar una sociedad o nación.
