Ciertamente, todos nos quejamos de la situación de deterioro en el cual nos encontramos inmersos: asesinatos, robos, pobreza, mortalidad infantil por desnutrición, búsqueda del poder y riqueza fácil, detrimento del valor del trabajo, odios y diatribas entre nosotros, indiferencia y falta de solidaridad ante los problemas del prójimo. Todo ello, no es sino expresión de una gran descomposición social, de una elevada mezquindad que se ha apoderado de nuestros corazones y que determinan, en definitiva, todas las desgracias y miserias de la humanidad.
Ese individualismo lleva a las personas a hacer lo que les provoca, lesionando por lo general, el derecho que tienen los demás, puestos que las ambiciones desmedidas de muchos, la sed de posesiones e intemperancia, las pretensiones de sobrepasar los otros, sin importar los medios, vulnera sus derechos, constituyéndose en factor determinante de conflictos.
Frente a ello, surge como antítesis la necesidad de fortalecer las bases de las correctas relaciones humanas: buena voluntad, respeto, cumplimiento del deber, sentido de justicia, buena educación, amor, solidaridad, aspectos éstos que es necesario rescatar y fundamentalmente, sembrarlos en el corazón y la conciencia de nuestros jóvenes para moldear su personalidad. Sólo en la medida que internalicemos los mismos y actuemos en consecuencia, podremos cambiar la dramática situación de nuestro entorno.
Si observamos la grave crisis de nuestro país es posible identificar esas manifestaciones; por ello, la superación de la misma no se resolverá simplemente con cambios de hombres en la conducción del Estado, sino con un cambio radical en el desempeño de todos a través del fortalecimiento de valores y principios como los señalados, para lo cual es necesario el surgimiento en lo individual y consecuentemente, en lo colectivo de una nueva conciencia.
