Se trata de un milenario procedimiento cada vez más popular en el mundo. Tiene varias ventajas comparativas, que pasan por la economía, practicidad y mejor aprovechamiento de la tierra, cada vez más colapsada.
Juan Pablo Cespo
La señora del lazo blanco se acerca al ataúd, donde reposa su recién fallecido esposo, quien lleva una corbata negra. Hace 35 años ambos se prometieron estar juntos hasta que la muerte los separase. Y así fue. Ahora, ella lo despide con un beso en la frente y coloca entre sus manos la primera foto que ambos se tomaron. Enseguida, la urna se cierra y, lentamente, dos operarios la conducen sobre un carrito de cuatro ruedas hasta el salón contiguo, donde el paso está prohibido para familiares y hasta amigos. Así, el señor de la corbata negra inicia su camino al crematorio.
Cementerio vertical. Brasil.
La señora del nudo blanco junto con otros seres queridos cercanos decidieron tomar el camino de la cremación para la disposición final del cadáver, una alternativa cada vez más popular entre los deudos en el mundo. Razones varias así lo justifican: la opción resulta más económica, práctica, rápida y mucho menos contaminante que la sepultura tradicional. En adición, contribuye a frenar el colapso de los cementerios y a un mejor aprovechamiento de la tierra. Por eso es que cada vez más cementerios verticales son construidos en algunos países del mundo.
Pero en esta oportunidad imperó una razón sentimental; íntima: La posibilidad de tener cerca las cenizas de ese ser querido que partió hacia la eternidad. Como ella, muchas otras personas se inclinan por la cremación para así poder conservar, de alguna manera, un recuerdo con un valor de cercanía.
“Uno de los aspectos más importantes de la cremación tiene que ver con la memorización, pues la familia puede decidir qué hacer con las cenizas”, explicó Lenín Blanchard, vicepresidente de El Edén Parque Memorial.
Cementerio vertical, Brasil.
En realidad hablamos de un procedimiento milenario que, según estudios antropológicos, se practicaba a final del período neolítico. Se han encontrado también pistas de este ritual en zonas habitadas por los cananeos alrededor de 3.000 años antes de Cristo.
La Iglesia católica frunció el ceño a la cremación en un principio, hasta que adaptó su doctrina cuando 1963 el papa Paulo VI levantó la prohibición. Tres años después, permitió a los sacerdotes católicos la posibilidad de oficiar en ceremonias de este tipo. La Iglesia recomienda, sin embargo, que se entierren las cenizas, en vez de, por ejemplo, que sean guardadas o arrojadas al mar.
Un trabajo del New York Times explicó que en EE UU la cremación es elegida hoy por más del 41% de las familias estadounidenses, frente al 15% que lo hacía en 1985. La página web de Funerales San Martín, en Colombia, indica que según las estadísticas de aquel país, Medellín registra los índices de cremación más altos: El 58% de las personas que fallecen al día en la ciudad son cremadas, seguida por Bogotá con un 47% y Cali con un 39%. “La tendencia es a que un 80% de los cuerpos se cremen”, apuntó Heberto Pacheco, también de El Edén.
Un cadáver puede ser cremado con la ropa que lleva puesta e, incluso, joyas, pues la temperatura dentro del horno es tan alta que lo reduce todo a prácticamente su mínima expresión. Lo que no se reduce a polvo, como pudiera ser la hebilla de una correa, se retira con un imán que atrae todo lo que sea metal.
Así sucede con el hombre de la corbata negra. Él viste pantalón negro y una camisa blanca, además, lleva una fina pulsera de plata.
Al llegar al salón crematorio, el cuerpo es sacado del ataúd y colocado sobre una sencilla caja de cartón. Por lo general, los familiares deciden si llevarse la urna, dejarla o donarla a una institución, como pudiera ser un ancianato.
Las ordenanzas establecen que los hornos crematorios solo pueden funcionar en cementerios públicos y privados, o en vertederos de basura. “El marco regulatorio legal también establece que cualquier cuerpo a ser cremado debe tener, como mínimo, 24 horas de fallecido”, explica el experto Nelson Larreal. Adicionalmente, no se permite la cremación hasta que legalmente sea determinada la causa de la muerte. El cadáver puede pasar de manera directa al sitio de su incineración. Esto quiere decir que no tiene que pasar obligatoriamente por una sala velatoria. Ya dentro de la caja de cartón ecológica, el cadáver es introducido en el horno crematorio con los pies hacia adelante. Cuando está en funcionamiento, la temperatura interior oscila entre 600 grados centígrados y los 720 grados centígrados. Una cremación promedio dura entre 80 y 90 minutos. Pero cuando se trata de una persona obesa, el proceso puede extenderse hasta unas dos horas, mientras la temperatura se eleva hasta los 1.200 grados centígrados.
Cuando el peso de la persona a ser cremada no supera los 90 kilos, el costo del servicio oscila alrededor de los 6.000 bolívares, pero cuando excede este “límite” el pago puede elevarse hasta unos 8.000 bolívares porque el proceso demanda más tiempo, electricidad y gas, detalló Larreal.
El horno crematorio está compuesto por tres cámaras. La primera es donde se coloca el cadáver. El compartimiento está compuesto por lozas y adobe reflactario, parecido al horno de una pizzería. La segunda cámara está ubicada por debajo de la primera y es responsable del precalentamiento del horno. La tercera cámara es la de combustión, que conecta con una chimenea, donde un dispositivo disminuye la temperatura hasta menos de 200 grados centígrados para que las partículas y vapores salgan en el estado más idóneo posible desde el punto de vista ambiental.
Horno crematorio
La primera cámara tiene dos quemadores, uno arriba o otro abajo, por donde salen sendos chorros de llamas. Por los lados, varios orificios inyectan oxígeno para alimentar las llamas durante el procedimiento. Todo es controlado por un operador a través de un tablero electrónico.
El aparato parece una gran lavadora industrial, de unos dos metros de alto por unos cuatro de largo. El horno crematorio está conectado a tuberías que proporcionan electricidad, gas y oxígeno. En su puerta tiene un visor, por el cual el operador puede inspeccionar lo que adentro sucede.
La joyería por lo general es retirada del cuerpo y entregada a los familiares. Ningún cuerpo puede ser incinerado con marcapasos, válvula mitral o reloj. La presencia de mercurio puede causar una explosión, como ocurrió, en una ocasión, en el lugar donde el hombre de la corbata negra es cremado. Allí, el estallido se produjo porque familiares ocultaron la información sobre la presencia de un marcapasos, solo por ahorrarse unos bolívares en el proceso de extracción.
Entre 10 y 15 libras de gas metano se utilizan en cada extracción. Se trata del mismo gas que se utiliza en los hogares.
Culminada la aplicación del fuego, los residuos, que todavía no son cenizas del todo, se dejan enfriar unos minutos. Transcurrido el tiempo, el operador las retira hacia la parte frontal del horno, donde caen por un embudo hasta una bandeja metálica. Para ello utiliza una especia de haragán de hierro de unos tres metros de largo, suficiente para protegerse del calor que emana del crematorio. Lo que queda después de la cremación son fragmentos secos de hueso, que representan, aproximadamente, el 3,5% del peso del cuerpo original total, 2,5% en el caso de un niño. Luego, por unos 20 minutos, las cenizas permanecen enfriándose en la bandeja. Previamente, se ha pasado el imán para retirar cualquier objeto de características metálicas.
De la bandeja, los residuos pasan a un procesador. Allí, por unos cinco o 10 minutos unas hojillas se encargan de pulverizar los restos de huesos más duros del cuerpo humano, como los del cráneo o los fémures. Las cenizas pesan, en promedio, entre un kilo y kilo y medio. Tienen un color gris claro.
Como paso final, las cenizas se retiran del procesador y son colocadas en pequeños recipientes de madera llamados ánforas o cenizarios, que son entregados a los familiares.
De esta manera, en el salón de espera, la señora del lazo blanco recibe en sus manos la ánfora con las cenizas de su esposo. Hijos y nietos la rodean, lentamente la familia se retira y detrás se cierran las puertas del crematorio, mientras otro cortejo fúnebre se aproxima por la carretera.