Los colegios privados se volvieron locos, Wilfrido. Como cada año, pero más delirantes, convocan a asambleas que son un remedo de lo que exige la resolución 114, una vuelta ingeniosa salida de algún cerebro decente y pensante para impedir que el gobierno imponga la idea de que la educación es un derecho y no un negoción.
Comienza la campaña: Una convocatoria chucuta, sin la estructura de costos que exige la ley, esencial para que papás y mamás puedan decidir, con la precisión del que está bien informado, el precio que pagarán por la matricula de sus chamos. El conocimiento os hará libres… mejor no… El miedo os hará esclavos.
Entonces la ola de rumores: que si el colegio cobra lo que le da la gana, va a tener que cerrar, imagínate tú, a pocos días del comienzo de año, y tú chamo sin cupo, y el miedo, y la ley no existe, y los dueños del colegio son la ley, y sus directores asalariados son sus verdugos. Cuchillos pa’ sus pescuezos.
Y supura el clasismo, y el bullying de los salones de clase se muda a los chats de whatsapp. Que si ”qué bueno, porque así vamos depurando” (al colegio de niños pelabolas). Que si el que no pueda pagar que se vaya, porque para lo bueno hay que trabajar —dice una cadivera—. Y las otras mamás aspirantes a sifrinas, calladitas, no vaya a ser que se les note la pelazón y les vayan a hacer el bullying que ellas mismas hacen a quien cometa la desvergüenza de admitir que vive de un salario… “¡Fuchi!”
