Víctor Corcoba Herrero / Escritor / [email protected]
Está visto que todo ser humano vive en una exploración permanente, cuando menos para poder sentirse libre, despojado de ataduras.
De ahí, la necesidad de tener tiempo para nosotros, pues el gozo no está en el éxito a toda costa, ni en la afirmación de uno mismo en perjuicio de los demás, sino más bien en compartir, en donarse y en perdonarse, en ensanchad el corazón y en empequeñecerse como una minúscula semilla que un día, sin arrogancia de poder alguno, podrá ser fértil. A propósito de este plan existencial, en una época de tantas apariencias, me viene a la memoria la Resolución 65/309, de 19 de julio de 2011, en la que Naciones Unidas invitaba a los Estados Miembros a que emprendieran la elaboración de nuevas medidas que reflejaran mejor la importancia de la búsqueda de la felicidad y el bienestar en el desarrollo, con miras a orientar sus políticas públicas humanas. Sin duda, será bueno para toda la especie, el activo de estas poéticas incondicionales por parte de todos los gobiernos del mundo. Al respecto, contamos con una noticia esperanzadora, durante los próximos años, el logro de la Agenda 2030 se sustentará en el cumplimiento de 17 objetivos de Desarrollo Sostenible y 169 Metas. Por primera vez en la historia, dicha Agenda, obliga explícitamente a los países a no dejar a nadie atrás en el curso de su desarrollo.
Ahora bien, más allá de las buenas intenciones, hace falta que se aplique al crecimiento económico un enfoque más inclusivo, equitativo y equilibrado, pero que se promueva de verdad, y así pueda ser una realidad el desarrollo sostenible, la erradicación de la pobreza, la felicidad y el bienestar de toda la ciudadanía. Por cierto, ya que en este mes hemos proclamado el 20 de marzo como Día Internacional de la Felicidad, deberíamos concienciarnos a la hora de cohabitar. Como decía el beato Piergiorgio Frassati: “Vivir sin una fe, sin un patrimonio que defender, y sin sostener, en una lucha continua, la verdad, no es vivir, sino ir tirando. Jamás debemos ir tirando, sino vivir” (Carta a I. Bonini, 27 de febrero de 1925). Desde luego, una existencia no asistida como se merece, o vivida egoístamente, aparte de volvernos inhumanos, genera un ambiente de insatisfacción y de trastornos mentales de difícil curación. Las cifras ahí están: se calcula que aproximadamente el 20% de los niños y adolescentes del mundo tienen problemas mentales. Algo falla. Todo corazón desea la alegría, no en vano es el ingrediente principal en el componente de la salud de un individuo. Por ello, refrendo lo que en su tiempo decía el inolvidable escritor y periodista Ramón Pérez de Ayala (1881-1962): “Gran ciencia es ser feliz, engendrar la alegría, porque sin ella, toda existencia es baldía”. Cuánta razón hay en ello, tanta que personalmente uno intenta siempre simpatizar con ella y tomarla como brújula de la vida.
