Reporteros que logran estudiadas imágenes del cinematográfico joven solitario enfrentando al monstruo represivo con una simple bandera, sin miedo; la abuela que increpa el soldado asesino, sin miedo; los pequeños escolares arrodillados frente a un piquete de esbirros de la dictadura, exigiéndoles que paren la masacre, sin miedo… Sin miedo, porque, ubicados en la realidad, saben que el monstruo que relatan no existe, porque de lo contrario ¿qué mamá en su sano juicio expondría a su niño al peligro mortal de enfrentar cara a cara a un esbirro asesino?
De todos modos, el relato se impone descartando toda verdad que lo contradiga. “No publiques nada que beneficie a la tiranía”, decía un tuit de Mari Montes, periodista opositora, a propósito del revelador video, publicado por un reportero también opositor, que derrumbaba la tesis del asesinato Juan Carlos Pernalete, por un impacto de bomba lacrimógena.
No más deslices: editado, con un salto tremendo en la secuencia, presentaron los constructores del relato el vídeo otro asesinato, el del joven Cañizales, instalando una historia que contradice a la autopsia; pero no importa la verdad, no importa la justicia, lo que importa es sacarle el jugo a la muerte.
También con el asesinato Miguel Castillo, las evidencias contradicen al relato y el “periodismo” hace maromas. Darvinson Rojas publicó cuatro honestos tuits sobre la investigación del caso. Lo mató una metra de metal, disparada a menos de 10 metros, por un arma de fabricación artesanal, decía en tres tuits, y en otro, hablaba sobre el video que muestra cómo alguien le quita a Castillo, herido de muerte, la cámara Go Pro que llevaba y que pudo haber grabado a su asesino. Ese tuit, al rato, lo borró.
